11 de Junio de 2009
por Eduardo Larequi.
Leyendo La sima, la última novela de José María Merino, me he visto en varias ocasiones dominado por una sensación de incomodidad de la que sólo he conseguido librarme casi al final del libro, cuyo desenlace, tan emotivo como esperanzador, se cuenta entre los mejores de toda la obra del escritor leonés. No era una sensación de extrañeza, pues los perfiles del mundo narrativo de Merino -la búsqueda de la identidad a través de la memoria, el regreso a los escenarios y las experiencias de la infancia, el lirismo en la descripción de los paisajes asociados a la memoria personal, la tendencia del personaje protagonista a la disolución y el anonadamiento en un tiempo no humano, que en otras novelas era el tiempo del sueño y en ésta el tiempo geológico de las rocas, brañas y espesuras de la montaña leonesa- son en La sima perfectamente reconocibles para cualquier lector que haya seguido la trayectoria narrativa del escritor.
No puedo aducir que me haya visto sorprendido, ni mucho menos defraudado, por la particular estructura narrativa de esta novela, con un narrador-protagonista que dirige su testimonio a tres narratarios diferentes y un contraste evidente entre el breve tiempo interno en que se despliega el relato y el larguísimo lapso del tiempo evocado, que tiene su centro de interés en la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil, pero que de hecho considera también episodios mucho más antiguos, como la Reconquista, la expulsión de los judíos, las guerras civiles entre pizarristas y almagristas en el Perú colonial y hasta los homínidos de Atapuerca. Finalmente, tampoco me he sentido decepcionado por la elaboración literaria del discurso narrativo, incluso a pesar de ciertos momentos en los que el discurrir de la historia se ve entorpecio por cierto prosaísmo o sequedad que no condice con el lirismo y la emoción tan característicos de gran parte de la narrativa meriniana.
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4 de Febrero de 2009
por Eduardo Larequi.
Hace poco nos contaba Antonio Solano que tiene intención de ir escribiendo una serie de artículos sobre sus lecturas de hace quince años. La idea es muy sugestiva, aunque todavía lo sería más si se le aplicara una especie de retruécano, consistente en escribir no sobre las lecturas de hace quince años, sino acerca de las que hicimos cuando teníamos esa edad. Asumo que, en mi caso (y supongo que en el de la mayoría), los obstáculos son innumerables, no sólo porque apenas puedo precisar la mayoría de los títulos de aquel entonces o la fecha aproximada en que los leí, sino porque entre ellos hay bastantes –por ejemplo las novelas de Sven Hassel, publicadas en la colección Reno de Plaza y Janés, que mi hermano José Ángel y yo devorábamos durante las vacaciones familiares en Laredo- sobre los cuales me da vergüenza escribir.
Hay libros, sin embargo, que nunca se olvidan, y cuya grandeza le redime a uno de los pecadillos de adolescencia (seguramente el de Hassel no es el más grave en el ámbito literario) que hubiera podido cometer. Uno de esos monumentos literarios es la celebérrima novela Un día en la vida de Iván Denísovich, del no menos célebre escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn, fallecido hace algo más de seis meses. La primera vez que la leí, a los quince o dieciséis años, me causó una impresión abrumadora, hasta el punto de que le pedí al profesor de Lengua y Literatura que me la había prestado (el padre Guergué, un sacerdote escolapio, desde hace años misionero en Brasil; un abrazo muy cordial para ti, Jesús, si lees estas líneas) más obras del mismo autor. Su propuesta fue Archipiélago Gulag, obra monumental y de un valor histórico indiscutible, pero que se me indigestó desde el comienzo y no pude terminar. Visto el caso desde la perspectiva que dan los años y otras lecturas de semejante calibre –todavía tengo fresco el recuerdo de Vida y destino, de Vasili Grossman, que reseñé en este mismo blog- está claro que el Gulag de Solzhenitsyn era un plato inadecuado para mi jovencísimo paladar.
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