Los libros del Tigre Imagen de cabecera rotativa

La pregunta de sus ojos vs. El secreto de sus ojos

Portada del libroDurante mi reciente escapada sevillana terminé de leer la novela El secreto de sus ojos (éste es el título de la edición española de Alfaguara, porque el original de la edición argentina de 2005 era La pregunta de sus ojos), del escritor argentino Eduardo Sacheri. La cercanía entre la reseña que escribí acerca de la película de Juan José Campanella, y la lectura de la novela constituye una buena oportunidad para una breve reflexión sobre una de las constantes o reglas no escritas de la relación entre cine y literatura, la que afirma que de una gran novela no suele obtenerse una gran película, pero sí, y a menudo, de libros no especialmente memorables.

Con todos los respetos que a buen seguro merece la obra del novelista argentino (debo advertir que de ella sólo conozco el libro que acabo de citar, por lo que mis opiniones tienen una validez muy discutible), creo que ése es justamente el caso de la novela de Eduardo Sacheri, cuyo valor literario me parece más bien escaso, pero cuya adaptación cinematográfica –y hay que recordar que el guión es obra conjunta del novelista y del director del largometraje, Juan José Campanella- tiene un mérito indiscutible. Reconozco que en esta valoración puede haber influido el hecho de que hubiera visto la película antes de leer la novela, pues la configuración imaginativa que todo receptor se construye para sí mismo a partir de un texto de ficción –y en ello poco importa que sea literario o cinematográfico- está especialmente determinada por la forma inicial en que dicho texto se presenta.

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600 entradas y casi 100 de libros

Como señala el título, ésta es la entrada número 600 del blog y la que hace el número 97 de entre las que he dedicado a una de mis aficiones más constantes, los libros y la literatura. Tal vez no lo parezca, si se atiende a mi producción habitual en los últimos tiempos, pero la de libros es la categoría que considero más representativa del auténtico espíritu de esta bitácora. Si no la pongo en práctica más regularmente es porque, como ya he señalado en más de una ocasión, cada vez me cuesta más tiempo y esfuerzo encontrar el estado de ánimo y la concentración adecuados. Soy, además, víctima de malos hábitos lectores, pues suelo leer varios libros a la vez, y raras veces tomo las notas imprescindibles para acometer la reseñas de los libros más largos o de más fuste, que requieren ideas bien asentadas y hasta cierto soporte documental.

Aprovecho el párrafo precedente, que no es más que una versión un tanto pedestre de la clásica captatio benevolentiae, para pedir de mis lectores una dosis de comprensión adicional. Habida cuenta de que estamos en verano, de que el calor y la galbana aprietan, les ruego que me permitan celebrar el sexcentésimo artículo del blog, y el nonagésimo séptimo de la categoría de libros, con un texto poco habitual, una suerte de reseña múltiple de los que he leído durante la temporada estival. Como el texto resultante ha resultado más largo de lo previsto, lo dividiré en dos artículos: éste y el que publicaré mañana, si mis planes no se tuercen.

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La sima, de José María Merino

Portada de la novelaLeyendo La sima, la última novela de José María Merino, me he visto en varias ocasiones dominado por una sensación de incomodidad de la que sólo he conseguido librarme casi al final del libro, cuyo desenlace, tan emotivo como esperanzador, se cuenta entre los mejores de toda la obra del escritor leonés. No era una sensación de extrañeza, pues los perfiles del mundo narrativo de Merino -la búsqueda de la identidad a través de la memoria, el regreso a los escenarios y las experiencias de la infancia, el lirismo en la descripción de los paisajes asociados a la memoria personal, la tendencia del personaje protagonista a la disolución y el anonadamiento en un tiempo no humano, que en otras novelas era el tiempo del sueño y en ésta el tiempo geológico de las rocas, brañas y espesuras de la montaña leonesa- son en La sima perfectamente reconocibles para cualquier lector que haya seguido la trayectoria narrativa del escritor.

No puedo aducir que me haya visto sorprendido, ni mucho menos defraudado, por la particular estructura narrativa de esta novela, con un narrador-protagonista que dirige su testimonio a tres narratarios diferentes y un contraste evidente entre el breve tiempo interno en que se despliega el relato y el larguísimo lapso del tiempo evocado, que tiene su centro de interés en la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil, pero que de hecho considera también episodios mucho más antiguos, como la Reconquista, la expulsión de los judíos, las guerras civiles entre pizarristas y almagristas en el Perú colonial y hasta los homínidos de Atapuerca. Finalmente, tampoco me he sentido decepcionado por la elaboración literaria del discurso narrativo, incluso a pesar de ciertos momentos en los que el discurrir de la historia se ve entorpecio por cierto prosaísmo o sequedad que no condice con el lirismo y la emoción tan característicos de gran parte de la narrativa meriniana.

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Iván Denísovich, más de treinta años después

Portada del libroHace poco nos contaba Antonio Solano que tiene intención de ir escribiendo una serie de artículos sobre sus lecturas de hace quince años. La idea es muy sugestiva, aunque todavía lo sería más si se le aplicara una especie de retruécano, consistente en escribir no sobre las lecturas de hace quince años, sino acerca de las que hicimos cuando teníamos esa edad. Asumo que, en mi caso (y supongo que en el de la mayoría), los obstáculos son innumerables, no sólo porque apenas puedo precisar la mayoría de los títulos de aquel entonces o la fecha aproximada en que los leí, sino porque entre ellos hay bastantes –por ejemplo las novelas de Sven Hassel, publicadas en la colección Reno de Plaza y Janés, que mi hermano José Ángel y yo devorábamos durante las vacaciones familiares en Laredo- sobre los cuales me da vergüenza escribir.

Hay libros, sin embargo, que nunca se olvidan, y cuya grandeza le redime a uno de los pecadillos de adolescencia (seguramente el de Hassel no es el más grave en el ámbito literario) que hubiera podido cometer. Uno de esos monumentos literarios es la celebérrima novela Un día en la vida de Iván Denísovich, del no menos célebre escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn, fallecido hace algo más de seis meses. La primera vez que la leí, a los quince o dieciséis años, me causó una impresión abrumadora, hasta el punto de que le pedí al profesor de Lengua y Literatura que me la había prestado (el padre Guergué, un sacerdote escolapio, desde hace años misionero en Brasil; un abrazo muy cordial para ti, Jesús, si lees estas líneas) más obras del mismo autor. Su propuesta fue Archipiélago Gulag, obra monumental y de un valor histórico indiscutible, pero que se me indigestó desde el comienzo y no pude terminar. Visto el caso desde la perspectiva que dan los años y otras lecturas de semejante calibre –todavía tengo fresco el recuerdo de Vida y destino, de Vasili Grossman, que reseñé en este mismo blog- está claro que el Gulag de Solzhenitsyn era un plato inadecuado para mi jovencísimo paladar.

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