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	<title>Los libros del Tigre</title>
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	<description>Pruebas de taxonomías personalizadas</description>
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		<title>Sobre este blog. Advertencia previa</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Mar 2010 20:02:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[explicación del blog]]></category>

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		<description><![CDATA[Explicación sobre el sentido y utilidad del blog Los libros del Tigre.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este blog está destinado a realizar pruebas y experimentos sobre el concepto de <a title="Custom taxonomies in WordPress 2.8" href="http://justintadlock.com/archives/2009/05/06/custom-taxonomies-in-wordpress-28" target="_blank">taxonomías personalizadas</a> de <a title="WordPress" href="http://wordpress.org" target="_blank">WordPress</a>. No debe considerarse, pues, como un blog de carácter educativo, ni siquiera como una colección de reseñas sobre libros. Quien esté interesado en conocer las críticas literarias y cinematográficas de su autor, Eduardo Larequi, puede leerlas en las secciones <a title="Sección de Libros en La Bitácora del Tigre" href="http://www.labitacoradeltigre.com/category/libros/" target="_blank">Libros</a> y <a title="Sección de Cine en La Bitácora del Tigre" href="http://www.labitacoradeltigre.com/category/cine/" target="_blank">Cine</a> de su blog, <a title="La Bitácora del Tigre" href="http://www.labitacoradeltigre.com/" target="_blank">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
<p>Dada la naturaleza del blog, los comentarios han sido deshabilitados. Cualquier persona interesada en el tema de las taxonomías personalizadas de WordPress o que quiera conocer detalles sobre la elaboración de este blog puede ponerse en contacto con su autor a través del <a title="Formulario de contacto de La Bitácora del Tigre" href="http://www.labitacoradeltigre.com/contacto/" target="_blank">formulario de contacto de La Bitácora del Tigre</a>.</p>
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		<title>Los Reyes gramáticos</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jan 2010 09:08:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Sobre la Nueva gramática de la lengua española, de la RAE, como regalo de Reyes.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los <a title="Reyes Magos en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Reyes_Magos">Reyes Magos de Oriente</a>, que al fin y al cabo eran también, y ante todo, reyes sabios en muy fecundos saberes, se han portado espléndidamente este año, pues nos han dejado sobre los zapatos un regalo muy valioso, que a Pilar y a mí nos hace grandísima ilusión: la monumental <em><a title="Real Academia Española - Nueva gramática de la lengua española" href="http://www.rae.es/rae/gestores/gespub000016.nsf/%28voAnexos%29/arch81783F098CA4E696C12572C60031796A/$FILE/ngramatica.htm">Nueva gramática de la lengua española</a></em>, en una encuadernación de un amarillo rabioso que es todo un emblema de su importancia y visibilidad.</p>
<p>Me apasiona esta obra, no sólo por su importancia científica e institucional, sino también por su aspecto físico, por el color, la textura y olor del papel (delicadísimo, por cierto, hay que utilizar los libros con mimo), la compacidad de sus dos volúmenes, su peso, su densa consistencia bibliográfica, su claridad tipográfica. Es un honor y un privilegio tenerla en casa, en los anaqueles de la biblioteca, ejerciendo sobre nosotros su “silenciosa gravitación”, como decía Borges, al lado de otras magnas obras gramaticales (por ejemplo, la no menos monumental <a title="Gramática descriptiva de la lengua española en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Gram%C3%A1tica_descriptiva_de_la_lengua_espa%C3%B1ola">Gramática descriptiva de la lengua española</a>), de las figuritas del <a title="Roscón de Reyes en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Rosc%C3%B3n_de_Reyes">Roscón de Reyes</a> que colecciono, de los recuerdos del verano, de los <em>bibelots</em> diversos que intercalamos entre los libros y nos recuerdan los pequeños placeres de la vida.</p>
<p><div id="attachment_1095" class="wp-caption aligncenter" style="width: 510px"><a href="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/reyes_magos_y_gramatica.jpg"><img src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/reyes_magos_y_gramatica-500x333.jpg" alt="Los Reyes gramáticos" title="Los Reyes gramáticos" width="500" height="333" class="size-medium wp-image-1095" /></a><p class="wp-caption-text">Los Reyes gramáticos</p></div><br />
<span id="more-1094"></span></p>
<p>Naturalmente, esta entrada no tiene como objetivo la reseña de una obra gigantesca que no he leído y probablemente no lea nunca en su integridad, porque la <em>Nueva gramática</em> no sólo es un libro para expertos y profesionales de la lengua, sino también para <em>gourmets</em> deseosos de paladear, en pequeñas o grandes dosis, el espléndido muestrario de <em>delicatessen</em> lingüísticas con el que nos han obsequiado la RAE y mis hermanos (por cierto, la expresión gastronómica no es mía, pues corresponde a <a title="Regalo de lengua" href="http://repasodelengua.blogspot.com/2010/01/regalo-de-lengua.html">Antonio Solano</a>, que se me ha adelantado en la celebración de la publicación y del regalo).</p>
<p>De momento, sólo he espigado los dos volúmenes iniciales de una obra que, cuando quede completada, contará con tres. Como mandan los cánones, he empezando leyendo el prólogo, que es una pieza antológica de la sensatez, el buen sentido, la mesura y el equilibrio. Habría que estudiarlo en las escuelas, no sólo como ejemplo de texto expositivo, sino también de una actitud de respeto al prójimo, de cooperación y amor por el trabajo bien hecho, que tantas veces se echa en falta en la vida pública española.</p>
<p>Tras el prólogo, como era también esperable en una obra de semejante naturaleza, me he puesto a vagabundear por entre la espesa fronda gramatical, comenzando por el índice, de una minuciosidad exhaustiva. Mis ojos se han posado inmediatamente en el único objeto de controversia gramatical que ha ocupado la atención de este blog a lo largo de su ya dilatada trayectoria: las oraciones del tipo “llaman a la puerta”, sobre cuya naturaleza presuntamente impersonal hubo un cierto debate en su día, en los comentarios al artículo <a title="La expulsión (momentánea) de clase como recurso didáctico" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2007/12/14/la-expulsion-momentanea-de-clase-como-recurso-didactico/">La expulsión (momentánea) de clase como recurso didáctico</a>. Cito aquí lo que dice la <em>Nueva gramática</em> al respecto, con su característica ecuanimidad:</p>
<blockquote><p>El término oración impersonal se ha aplicado también a las oraciones que poseen sujetos tácitos de interpretación <span style="font-size: 0.8em;text-transform: uppercase;">INESPECÍFICA</span>, como en <em>Dicen que las cosas mejorarán</em>. Estos sujetos tácitos están reflejados en la flexión verbal. Así pues, en este sentido particular de &#8216;impersonalidad&#8217;, la oración <em>Llaman a la puerta</em> es impersonal. No significa, sin embargo, &#8216;Nadie llama a la puerta&#8217;, sino (aproximadamente) &#8216;Alguien no determinado llama a la puerta&#8217; (p. 3078, &#167;41.9a).</p>
</blockquote>
<p>Al principio del artículo, he mostrado mi entusiasmo por la materialidad libresca de la gramática académica. No obstante, caben mejoras evidentes que harían de esta obra un patrimonio verdaderamente universal, como por ejemplo su traslación al universo online de la Red. Por eso creo muy conveniente adherirme a la petición que <a title="Jamillan.com" href="http://jamillan.com/">José Antonio Millán</a> firmaba en el penúltimo párrafo de un <a title="Ante la &#39;Gramática&#39;" href="http://www.elpais.com/articulo/opinion/Gramatica/elpepuopi/20100103elpepiopi_14/Tes">artículo</a> publicado el pasado domingo en <em>El País</em>:</p>
<blockquote>
<p>Por cierto: es básico que la <i>Nueva gramática</i> esté disponible lo más pronto posible en Internet, aunque carezca de entrada de todas las mejoras de indización y referencia de las que sin duda puede dotarse. La obra es tan rica e importante que su simple texto buscable prestaría un valioso servicio a consultantes de todo el mundo. La versión electrónica debería incluir urgentemente las numerosísimas referencias bibliográficas que han debido de servir para su redacción, y de las que la edición en papel ha prescindido, sin duda para no alargar la obra.</p>
</blockquote>
<p>He estado a punto de oficializar esta sugerencia, de crear un logotipo para ella y de colgarlo en lugar destacado de esta bitácora, pero dos factores me han disuadido: el primero, que en estos tiempos de <a title="Manifiesto En defensa de los derechos fundamentales en Internet" href="http://wiki.manifiestointernet.org/wiki/P%C3%A1gina_Principal">manifiestos</a> y polémicas mediáticas sobre derechos de autor, la iniciativa pudiera ser malinterpretada; y, segundo, que mi habilidad a la hora de diseñar logos, se aproxima a cero. Pero si alguien (y no miro a nadie), se anima…</p>
<p class="notasbib">Real Academia Española y Asociación de Academias Americanas, <em>Nueva gramática de la lengua española</em>, Madrid, Espasa-Calpe, 2009, 4032 páginas, 2 vols.</p>
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		<title>Siestas lisérgicas con J.G. Ballard</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2009 20:20:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Reseña de la novela El mundo sumergido, del novelista inglés J.G. Ballard.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/el_mundo_sumergido.jpg" alt="Portada de la novela" />Recuerdo que hace más o menos año y medio, coincidiendo con la <a title="J. G. Ballard. Autopsia del nuevo milenio" href="http://www.cccb.org/es/exposicio?idg=16452">exposición</a> que el <a title="Centre de Cultura Contemporània de Barcelona" href="http://www.cccb.org/">Centre de Cultura Contemporània de Barcelona</a> dedicó al <a title="J.G. Ballard en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/J._G._Ballard">novelista británico J.G. Ballard</a>, me reproché a mí mismo la escasa atención que había prestado a este excelente escritor, uno de los más originales y creativos de entre los que se han dedicado al género de la ciencia ficción. Hasta aquel momento sólo había leído de Ballard la novela <em>Crash</em>, que no me gustó demasiado, la colección de relatos titulada <em>Fiebre de guerra</em>, que en cambio me pareció fascinante, y algunos artículos y ensayos desperdigados por diversas antologías y volúmenes misceláneos.</p>
<p>Me hice de nuevo un reproche parecido hace pocos meses, con ocasión de la muerte del novelista –aunque ya sé que esta declaración carece de efectos exculpatorios, por entonces vi de nuevo, y debía de ser la tercera o cuarta vez, la extraordinaria adaptación cinematográfica que Steven Spielberg realizó de su novela autobiográfica <em>El imperio del sol</em>-, pero debo admitir que mi arrepentimiento no se perfeccionó con un propósito de enmienda efectivo, y que durante bastantes meses seguí sin dedicar a Ballard la atención que merece.</p>
<p><span id="more-1036"></span></p>
<p>Este pecado de lesa literatura corría el riesgo de perpetuarse <em>sine die</em> hasta que hace algunas semanas me encontré con la reedición en <a title="Ediciones Minotauro" href="http://www.edicionesminotauro.com/">Minotauro</a> de <em>El mundo sumergido</em>, una de sus más tempranas (de 1962) y más conocidas novelas, que se ha convertido en todo un descubrimiento, a la par gozoso e inquietante. Mientras la leía me ha ocurrido algo que muy pocas veces he tenido ocasión de experimentar, pues sentía una especie de fascinación absorta, algo así como un trance, que me hacía ir y volver sobre las páginas, releyendo y paladeando las palabras con una atención obsesiva, y que ha provocado que la lectura de una novela muy breve (menos de doscientas páginas) se demorara a lo largo de casi tres semanas.</p>
<p>Quizás con un breve resumen del argumento se pueda comenzar a explicar esa curiosa sensación. Y es que <em>El mundo sumergido</em> nos sitúa en un futuro no muy lejano en el que, debido a masivas erupciones solares, la temperatura del globo terráqueo ha aumentado de forma rápida y constante, con el consiguiente deshielo de los casquetes polares y la inundación de la mayor parte de las zonas habitadas del planeta, lo que obliga a la menguada población humana –pues el aumento de la radiación solar ha reducido en una proporción muy significativa la fertilidad de la mayor parte de las especies de mamíferos, incluido el hombre- a desplazarse a las zonas polares, donde la temperatura es más soportable. En el escenario de la trama –un Londres semisumergido, poblado de plantas gigantescas y habitado por reptiles, murciélagos y mosquitos- el protagonista, un médico y biólogo llamado Robert Kerans, se niega a volver a su base cuando la misión científica a las órdenes del coronel Riggs recibe la orden de regresar.</p>
<p>Al igual que los otros dos compañeros que deciden quedarse en la ciudad (el doctor Bodkin, otro científico, y la hermosísima e indolente Beatrice Dahl), Robert Kerans es un personaje en parte fascinado y en parte trastornado por un mundo en descomposición, de belleza sublime y a un tiempo amenazadora, cuya transformación en un espacio radicalmente antihumano provoca la regresión de su mente hacia algo así como el pasado evolutivo de la especie, un universo poblado de imágenes selváticas y sonidos feroces y reptilianos. No sé si la hipótesis que Ballard plantea en este relato –que en un mundo que retorna aceleradamente hacia el clima y las formas vivientes del <a title="Triásico en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Tri%C3%A1sico">Triásico</a> los seres humanos experimentarían una vuelta atrás hacia el <a title="Inconsciente colectivo en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Inconsciente_colectivo">inconsciente colectivo</a> primitivo y prehumano- es científicamente sostenible, pero no hay duda de que ofrece una base imaginativa y artística extraordinariamente sugestiva. Y sobre esta base se levanta una novela de argumento y estructura muy simples, pero de una potencia imaginativa colosal, una historia alucinatoria, visionaria, lisérgica, que envuelve al lector en una atmósfera a la que resulta muy fácil abandonarse.</p>
<p>De hecho, he leído <em>El mundo sumergido</em> en unas cuantas sesiones vespertinas, antes y después de echar la siesta. Al menos en dos ocasiones me he levantado del sofá como si fuera el doctor Robert Kerans, con borrosas imágenes de altos edificios coronados por helechos arbóreos, un sol abrasador y animales inquisitivos apenas entrevistos entre las sombras de la jungla, pululando por entre los pliegues de mi cerebro y los contraluces de la duermevela. Era una sensación extrañísima, al mismo tiempo inquietante y embriagadora, que muy raras veces –quizás nunca- he tenido con la misma sensación de realismo y plasticidad.</p>
<p>El poder fascinador de esta novela no se debe a la originalidad de la trama, en gran medida previsible, ni mucho menos a las bases científicas sobre las que se fundamenta la hipótesis del calentamiento terrestre, que merecen la atención del narrador en muy contados pasajes. No, el atractivo de <em>El mundo sumergido</em> reside sobre todo en la poderosísima imaginación de que hace gala Ballard en la creación de su universo ficticio, y en cómo ese mundo de ficción afecta a los personajes, ya desde el mismo arranque de la narración:</p>
<blockquote><p>Pronto haría demasiado calor. Kerans se asomó al balcón del hotel, poco después de las ocho, y observó cómo el sol subía detrás de las matas espesas, las gimnospermas gigantes que se amontonaban sobre los techos de los almacenes abandonados, a cuatrocientos metros de distancia, en el lado oriental de la laguna. El implacable poder del sol atravesaba las frondas tupidas y oliváceas, y los rayos refractados y romos martilleaban el pecho y los hombros desnudos de Kerans, que transpiraba ahora. Kerans se puso un par de lentes oscuros, protegiéndose los ojos. El disco solar no era ya una esfera definida, sino una vasta elipse creciente que se extendía en abanico a lo largo del horizonte oriental, como una colosal bola de fuego, transformando con sus reflejos la superficie plúmbea e inerte de la laguna en un brillante escudo de cobre. Al mediodía, cuatro horas más tarde, el agua parecería un fuego encendido (p. 7).</p></blockquote>
<p>El mundo semisumergido de Ballard, con sus frondas impenetrables, el calor opresivo y denso, la presencia constante de animales repulsivos –iguanas, arañas, salamandras, serpientes, murciélagos, caimanes- altera la conciencia de los personajes y hace que el lector se vea interpelado por sus propios miedos y obsesiones. Es un mundo de belleza terrible e inhumana, de una sensualidad amenazadora, como si hubiera brotado de una pesadilla o de una pintura surrealista (en este sentido, las referencias a los cuadros de <a title="Paul Delvaux en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Paul_Delvaux">Paul Delvaux</a> y <a title="Max Ernst en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Max_Ernst">Max Ernst</a> que adornan las paredes del apartamento de Beatrice Dahl, o las alusiones a los “pastosos relojes” dalinianos de la página 67 no son en modo alguno inocentes), y la persistencia y durabilidad de las imágenes que suscita la lectura constituye todo un logro literario que difícilmente tiene parangón en la literatura especulativa y de ficción científica.</p>
<p>El hecho de que la novela comience con una ambigüedad deliberada con respecto al espacio en que tienen lugar los acontecimientos –desde el principio sabemos que es una ciudad situada en lo que antes era zona templada del planeta, ahora anegada por las aguas y colonizada por la jungla, pero ignoramos su ubicación- proporciona al relato una atmósfera muy especial. En efecto, no hay detalles geográficos o arquitectónicos precisos, lo cual subraya la impresión de que lo ocurrido con esa gran urbe, que poco a poco se revelará como la metrópolis londinense, podría haber pasado en cualquier ciudad del mundo. De este modo se intensifica la idea de que la catástrofe es universal, que está más allá del alcance de la tecnología y de que, lejos de mitigarse con el paso del tiempo o con los recursos y el ingenio de los seres humanos, va a ir a peor.</p>
<p>Semejante planteamiento, leído casi medio siglo después de la publicación de la novela, en un momento en que el discurso oficial imperante insiste en la responsabilidad humana en el desencadenamiento (y la posible reversión) del proceso de cambio climático, resulta de una incorrección política clamorosa, pues la situación que Ballard plasma en <em>El mundo sumergido</em> no puede estar más alejada de la arrogancia tecnológica subyacente tanto a las hipótesis habituales sobre el origen del calentamiento global como a las propuestas para mitigar sus efectos o incluso invertir el proceso. Si cabe hablar de “ecologismo” en la obra del escritor británico habrá que concluir que es un ecologismo radical, de un darwinismo absoluto, ya que presenta a los seres humanos una oportunidad para la supervivencia que una inmensa mayoría de lectores difícilmente estaríamos dispuestos a admitir: la transformación acelerada en seres “de naturaleza”, en criaturas adaptadas a un entorno primitivo, en nada diferentes de las iguanas, las pitones o los caimanes.</p>
<p>Sólo en este marco conceptual cabe explicarse la conducta de varios personajes de la novela, que a primera vista puede parecer desconcertante, sobre todo en el marco de un género como el de la ciencia ficción, tan proclive a recurrir a héroes capaces de transformar el mundo con ayuda de los más variados recursos tecnológicos. Al poco de comenzar el relato, el doctor Kerans se da cuenta de la inutilidad de sus tareas científicas, y acaba por abandonarlas, abrumado por los sueños que le sumergen en un mundo irracional, de irresistible atractivo. Uno de los episodios de más profundas resonancias simbólicas de una novela pródiga en ellos -la inmersión del protagonista en las aguas de la laguna, cálidas y densas como el líquido amniótico y el descenso al planetario cubierto por las aguas- debe interpretarse en este mismo sentido, es decir, como la consecuencia de la llamada de un impulso interior que arrastra al protagonista hacia el yo más profundo, la personalidad que sólo cabe recuperar yendo más allá de los límites y convenciones de la civilización y desafiando el riesgo de la propia muerte. De hecho, en un final que se prevé casi desde el inicio de la novela (y por eso no creo estropear a nadie la lectura si lo revelo), Kerans termina cediendo ante las imperiosas llamadas de su psique primitiva, y decide encaminar sus pasos hacia el Sur, un concepto indiscutiblemente mítico, que cabe presumir como una meta inalcanzable, pues el calor en las zonas tropicales hace imposible la vida del ser humano, pero al mismo tiempo ineluctable.</p>
<p>Por su parte, Beatrice Dahl representa un estado de estupefacción lánguida, sensual y excéntrica, de incapacidad para abandonar un modo de vida lujoso y despreocupado (es la nieta de un millonario y su apartamento londinense es un refugio opulento que la muchacha se niega a abandonar), y sus intervenciones a lo largo de la novela configuran el carácter de un ser pasivo, casi vegetativo, admirado y secretamente deseado en la distancia por los personajes masculinos. Véase, por ejemplo, una de  las extraordinarias imágenes con las que la novela retrata a este personaje, como si fuera la odalisca de una pintura de <a title="Eugène Delacroix en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Eug%C3%A8ne_Delacroix">Delacroix</a>:</p>
<blockquote><p>Beatrice Dahl estaba sentada en la silla, con la cabeza apoyada en el respaldo. Tenía una mano extendida sobre una mesita de caoba junto a ella, y tocaba el pie de una copa de borde de oro. El vestido de seda azul se le abría a los pies como la cola de un pavo real y unas pocas perlas y zafiros que se le habían caído de la mano izquierda le brillaban entre los pliegues como ojos eléctricos […]. Beatrice no se volvió. Estaba demasiado acostumbrada, evidentemente, a ese sonido. Las cajas que tenía a los pies estaban colmadas de joyas: brazaletes de diamantes, broches de oro, tiaras y pulseras de circones, collares de amatistas, pesados pendientes de perlas cultivadas que se derramaban sobre las bandejas dispuestas en el piso como palanganas preparadas para recoger una lluvia de azogue (p. 159).</p></blockquote>
<p>Otro de los personajes más interesantes es Strangman, un albino al mando de un barco y una insólita tripulación de negros y mestizos, todos ellos dedicados al saqueo de los restos anegados de la civilización. Strangman, a quien Kerans califica como “mitad bucanero, mitad demonio” (p. 123) o “un demonio salido de un culto vudú” (p. 168), es un personaje pesadillesco –su barco va acompañado por miles de caimanes que invaden la laguna tras la retirada de la misión científica- y su extraña conducta, así como los rituales alcohólicos que practican sus hombres, representan una reacción de salvajismo enloquecido y barroco ante el colapso del mundo civilizado (con ecos del <em>Moby Dick</em> de Melville, <em>El corazón de las tinieblas</em>, de Conrad, <em>El señor de las moscas</em> de Golding o, <em>avant la lettre</em>, de <a title="Mi quiniela para los Oscar y un epílogo mccarthyano" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2008/02/24/mi-quiniela-para-los-oscar-y-un-epilogo-mccarthyano/"><em>Meridiano de sangre</em>, de Cormac McCarthy</a>), en el que se entremezclan de una manera muy llamativa el impulso depredador y la fascinación por los tesoros arqueológicos de una civilización destinada a la extinción. El hecho de que el coronel Riggs renuncie a castigar los desmanes de Strangman –sus hombres matan al doctor Bodkin y están a punto de asesinar a Kerans, a quien someten a un ritual primitivo y feroz- no representa tanto la constatación de su incapacidad práctica para hacerlo como la constatación de que en el mundo sumergido la ley y la civilización tienen escaso sentido.</p>
<p>Por muy extraño que le resulte el comportamiento de estos personajes, el lector está más tentado de identificarse con ellos que con el imperturbable y ordenancista coronel Riggs, el jefe de las tropas que tienen como misión la protección de la expedición científica, cuyos intentos por salvaguardar una imposible normalidad civilizada rápidamente se muestran tan absurdos como estériles (por cierto, es un absurdo que tampoco carece de atractivo para las personas con una propensión maniática y autoritaria, como es mi propio caso). Quizás sea imposible entender cabalmente a Kerans, pues las condiciones en que se desarrolla su existencia son casi inimaginables, pero lo cierto es que su progresivo apartamiento de la racionalidad, su identificación completa con el mundo que evoluciona hacia el primitivismo más desaforado y su asunción final –estoica, desapasionada, implacable- del destino que le viene impuesto por la regresión hacia su psique más arcaica, dan pie a un final de una grandeza y nobleza indiscutibles:</p>
<blockquote><p>Dejó la laguna y entró de nuevo en la selva, y al cabo de unos pocos días había perdido el rumbo y caminaba a orillas del agua hacia el sur, bajo el calor y la lluvia recientes, atacado por caimanes y murciélagos gigantescos, como un segundo Adán en busca de los olvidados paraísos del sol renacido (p. 187).</p></blockquote>
<p>Como ya he señalado, el sentido del relato de Ballard y del comportamiento de sus personajes sólo puede entenderse en un mundo transformado y anómalo, cuya racionalidad se ha desvanecido. Y es justamente en la creación de ese universo singular donde el novelista británico se muestra más eficaz, con una imaginación visual portentosa, de una riqueza, colorido y plasticidad deslumbrantes, que se sustenta sobre un estilo de adjetivación muy densa y abundantes motivos icónicos tomados de la fauna y flora tropical, en los que palpitan poderosas resonancias artísticas y mitológicas. Pido disculpas de antemano por la longitud de las citas, pero me resulta imposible prescindir de ninguna de ellas:</p>
<blockquote><p>Chillando como un tití desposeído, un murciélago de cabeza de martillo salió de pronto de un arroyo lateral y voló directamente hacia la barcaza. El laberinto de telas gigantescas, que las colonias de arañas habían tejido sobre el arroyo, lo desorientaron un momento: pasó a unos pocos centímetros de la caperuza de alambre, sobre la cabeza de Kerans, y luego se alejó a lo largo de la línea de edificios sumergidos, entre las frondas de los helechos que asomaban en los tejados como velámenes. De pronto, cuando el murciélago volaba ante una cornisa, una criatura de cabeza inmóvil y pétrea se adelantó y alcanzó al animal en el aire. Se oyó un grito, breve y penetrante, y Kerans vislumbró unas alas aplastadas entre las mandíbulas del lagarto. En seguida el reptil se retiró, ocultándose en el follaje.</p>
<p>A lo largo de todo el arroyo, posadas en los alféizares de los edificios de oficinas y tiendas, las iguanas miraban pasar a los hombres, moviendo convulsivamente las cabezas marmóreas. Algunas se zambullían en la estela de la barcaza, persiguiendo a dentelladas a los insectos que habían dejado las lianas y los troncos putrefactos, y luego entraban nadando por las ventanas, trepaban por las escaleras y ocupaban otra vez sus puestos de observación. Sin los reptiles, las lagunas y arroyos de los edificios sumergidos hubiesen tenido una extraña y ensoñadora belleza, pero las iguanas y los basiliscos se habían instalado en las salas de los directorios, mostrando así que habían ocupado la ciudad. Una vez más eran la forma de vida que dominaba en la Tierra.</p>
<p>Alzando los ojos hacia las antiguas caras impasibles, Kerans entendió ese curioso miedo que despertaban, resucitando recuerdos arcaicos del Paleoceno, cuando los reptiles cedían su primacía a los mamíferos con ese odio implacable de las especies zoológicas desplazadas (pp. 19-20).</p>
<p>La jungla se extendía bajo el helicóptero como una llaga inmensa y pútrida. Los follajes gigantescos de las gimnospermas se amontonaban a lo largo de los techos de los edificios sumergidos, redondeando los contornos rectangulares y blancos. De cuando en cuando un tanque de cemento se alzaba en la marisma, o los restos de un muelle flotaban aún junto a un rascacielos en ruinas, cubierto de acacias plumosas y tamariscos en flor. Los arroyos estrechos, que las copas de los árboles transformaban en galerías verdes, se alejaban serpeando de las lagunas mayores, uniéndose eventualmente a los canales de seiscientos metros de ancho que se abrían más allá de los primitivos suburbios. En todas partes se acumulaba el barro, recostándose en bancos enormes contra un puente ferroviario o un semicírculo de edificios, escurriéndose bajo una arcada sumergida como las masas fétidas de una anacrónica cloaca. El cieno cubría muchas lagunas menores, que eran ahora discos amarillos de lodo musgoso, donde asomaban entrecruzándose profusamente y luchando unas con otras numerosas formas vegetales, como los jardines cercados de un atormentado edén terrenal (p. 57).</p>
<p>Kerans se entretuvo mirando el agua que pasaba lentamente junto al cine. Unas pocas ramas y unas matas de hierba iban hacia el norte con la corriente, y la luz brillante del sol enmascaraba el espejo fundido de la superficie. Las ondas martilleaban el pórtico, golpeándole la mente, despacio, y se abrían en círculos cada vez más amplios que se extendían hacia el sur cruzándose con el curso del agua. Observó un rato las lenguas de agua que acariciaban el alero del pórtico, deseando de pronto dejar allí al coronel y meterse en el agua, disolviéndose a sí mismo junto con los fantasmas que esperaban incansablemente como aves centinelas, posadas en la glorieta fresca de esa calma mágica, en el mar luminoso, de color verde dragón, habitado por serpientes (p. 61).</p>
<p>Más tarde, esa misma noche, mientras dormía en la litera del laboratorio, y las aguas oscuras de la laguna se movían por la ciudad inundada, Kerans tuvo el primer sueño. Había dejado el camarote y caminaba a lo largo de la cubierta, mirando por encima de la baranda el disco negro y luminoso de la laguna. Unos torbellinos de gas opaco flotaban en el cielo a unos cien metros de altura, ocultando casi los contornos relucientes del sol gigantesco. Unos resplandores pulsátiles estallaban de vez en cuando sobre la laguna, iluminando brevemente unos altos acantilados de arcilla, que antes habían sido un anillo de edificios blancos.</p>
<p>La jofaina profunda del agua reflejaba estas llamaradas intermitentes y brillaba con una claridad opalescente y difusa. La luz de las miríadas de organismos fosforescentes se acumulaba en cardúmenes densos, como halos sumergidos. Miles de serpientes y anguilas se entrelazaban y retorcían frenéticamente, desgarrando la superficie de la laguna.</p>
<p>El sol palpitaba ahora más cerca, llenando casi todo el cielo. De pronto, la densa vegetación que crecía a lo largo de los acantilados retrocedió revelando las cabezas negras y de piedra gris de los enormes lagartos del triásico. Arrastrándose hacia los bordes de los acantilados, alzaron las cabezas hacia el sol y rugieron juntos, con un ruido creciente que al fin se confundió con los martilleos volcánicos del fuego solar. Kerans sintió la poderosa atracción mesmérica de los reptiles ululantes, que golpeaba dentro de él como un corazón, y se adelantó metiéndose en el lago, que ahora le parecía una prolongación de su propia corriente sanguínea. El martilleo sordo aumentó, y Kerans sintió que las células del cuerpo se le confundían con el agua, y nadó disolviéndose en el lago negro&#8230; (pp. 75-76).</p>
<p>Más allá de la laguna las interminables mareas de barro habían empezado a acumularse en bancos brillantes, sobrepasando aquí y allá la línea de la costa, como inmensas laderas de una distante mina de oro. La luz golpeaba el cerebro de Kerans, bañando las zonas sumergidas bajo el nivel de la conciencia, arrastrándolo a profundidades tibias y diáfanas donde las realidades nominales del tiempo y del espacio habían dejado de existir. Guiado por los sueños, retrocedía cruzando el pasado emergente, una sucesión de paisajes cada vez más extraños —escenas de la laguna— y que parecían representar, como había dicho Bodkin, cada uno de sus propios niveles espinales. Unas veces el círculo de agua era espectral y vibrante, otras estancado y lóbrego, con una costa pizarrosa, como la piel metálica y deslustrada de un reptil. Luego las playas blandas relucían otra vez con un atractivo lustre carmesí, el cielo era cálido y límpido, y en las largas extensiones de arena había una soledad total. Kerans sentía entonces una angustia exquisita y tierna, y anhelaba que este descenso por el tiempo arqueopsíquico llegara a su fin, tratando de no pensar que en ese entonces el mundo exterior se habría transformado en algo extraño e insoportable (pp. 90-91)</p></blockquote>
<p>Pero si hay un recurso expresivo que se destaca entre todos los utilizados por Ballard, éste es el de la comparación, de una capacidad evocadora y, a menudo, una carga sensual verdaderamente insólitas. No tengo la menor duda de que <em>El mundo sumergido</em> constituye la demostración más eficaz de la capacidad de este humilde recurso retórico, tan menospreciado por los partidarios a ultranza de las metáforas y otros tropos, para subyugar la sensibilidad de los lectores y embelesar su entendimiento:</p>
<blockquote><p>[…] las ciudades habían sido fortines asediados, encerrados en enormes diques, desintegrados por el pánico y la desesperación, Venecias que se resistían a celebrar sus bodas con el mar. Las ciudades, hermosas y fascinantes precisamente porque estaban vacías, porque en ellas se unían de manera extraordinaria dos extremos de la naturaleza, eran ahora como coronas de oro abandonadas en una selva y cubiertas de orquídeas salvajes (p. 22).</p>
<p>[Beatrice] estaba acostada en una de las sillas de lona, y el cuerpo largo y aceitado le brillaba en la sombra como una pitón adormilada (p. 26).</p>
<p>De cuando en cuando, las paredes de vidrio de los edificios reflejaban innumerables imágenes del sol, que se movían sobre vastas sábanas de llamas, como brillantes ojos bromistas (p. 43).</p>
<p>Arriba, el cielo era brillante y jaspeado, y el tazón oscuro de la laguna parecía en cambio inmóvil e infinitamente profundo, como un inmenso pozo de ámbar. Los edificios cubiertos de árboles que se alzaban en las orillas parecían tener millones de años, como si un enorme cataclismo natural los hubiera arrancado a la magma terrestre, embalsamados en vastas dimensiones de tiempo (p. 51).</p>
<p>Cerca del palacio, con un reloj sin agujas en la torre, se levantaba un segundo edificio, una biblioteca o museo de pilares blancos que brillaban a la luz del sol como una hilera de gigantescos huesos calcinados (p. 71).</p>
<p>Kerans no había esperado que el agua estuviese tan caliente. Había pensado que se daría un baño fresco y vivificante, pero estaba entrando en un tanque de gelatina tibia y pegajosa que se le adhería a los tobillos y las pantorrillas como el abrazo fétido de un gigantesco monstruo protozoico (p. 112).</p>
<p>Algunas de las frondas tenían tres metros de altura, y parecían exquisitos espíritus marinos que ondeaban juntos como las ánimas de una sagrada caverna neptuniana (p. 112).</p>
<p>La profunda cuna de barro lo sostenía suavemente como una inmensa placenta, infinitamente más blanda que cualquier cama (p. 117).</p>
<p>Bajo la superficie diáfana asomaban los contornos oscuros y rectangulares de las casas, y las ventanas abiertas eran como órbitas vacías en unos enormes cráneos sumergidos. Emergían ahora de las profundidades como una inmensa Atlántida intacta (p. 128).</p>
<p>[…] media docena de marineros se habían puesto las corbatas en los cuellos desnudos y recorrían alegremente las calles sacudiendo los faldones de las chaquetas, haciendo cabriolas como una tropa de camareros lunáticos en una feria de derviches (p. 139).</p>
<p>En una ocasión una salamandra de un metro de largo se escurrió entre los huesos hacia el trono, mostrando los dientes filosos, como pedernales de obsidiana (p. 149).</p>
<p>Los animáculos moribundos iluminaban los techos con un tenue resplandor fosforescente y se extendían como un velo perlado sobre los edificios desecados: las ruinas espectrales de una ciudad antigua (p. 152).</p>
<p>Los árboles hundían las hojas en el agua, y el horizonte bronceado y sanguíneo de la tarde era ahora violeta y azul. Más arriba, el cielo se abría en un embudo inmenso, de zafiro y púrpura, y unas espirales fantasmagóricas de nubes de coral, como estelas barrocas de niebla, señalaban el descenso del sol. Una onda oleosa perturbaba la superficie de la laguna, y el agua se pegaba a las hojas de los helechos como cera traslúcida (p. 154).</p></blockquote>
<p>Quiero terminar la reseña con un par de apuntes, que poco tienen que ver con el ámbito convencional de este tipo de artículos. El primero es de carácter biográfico: cuando era joven, me encantaba bucear en la piscina o en el mar, a pulmón libre. No tenía mucha resistencia, y siempre me dolían terriblemente los oídos, pero cuando me sumergía y nadaba hasta el fondo percibía una sensación embriagadora, que a veces tenía algo de erótico o extático. Nunca acabé de explicarme aquellas sensaciones (o no me atreví a asumir su auténtico significado), pero tras leer el ya citado episodio de la inmersión del doctor Kerans, he comprendido mejor el porqué de aquellos momentos de ebriedad y gozo.</p>
<p>La segunda nota es de otro orden muy distinto, y seguramente mucho más conflictivo. Tras haber comprado y leído la novela en el formato convencional (esto es, tras gastarme el dinero en una mercancía comercial y en derechos de autor), encontré en las redes <a title="Peer to Peer en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Peer-to-peer">P2P</a> un PDF con la primera edición de Minotauro, de 1966, también traducida por Francisco Abelenda (curiosamente, hay diferencias de traducción bastante significativas con la edición en papel que yo he manejado). Pues bien, el PDF ha sido de enorme ayuda para el análisis de los elementos del estilo ballardiano, y por supuesto para copiar y pegar el texto de las citas que forman parte de esta reseña. En estos días en que <a title="Manifiesto “En defensa de los derechos fundamentales en internet”" href="http://www.enriquedans.com/2009/12/manifiesto-en-defensa-de-los-derechos-fundamentales-en-internet.html">la Red española se conmueve con la pretensión gubernamental de intervenir el sector</a>, quiero decir una cosa: las presiones de la SGAE y otros organismos semejantes me parecen aberrantes, sobre todo cuando el Gobierno las acoge y hace suyas, pero no menos aberrantes son las de quienes pretenden que la naturaleza de Internet debe consistir en algo así como &#8220;todo gratis y por el morro&#8221;. En cualquier caso, afirmo descaradamente que el PDF será todo lo ilegal que se quiera, pero ha sido una herramienta insustituible para mejorar mi propia lectura y ponerla a disposición de otros lectores, de todo lo cual no tengo ninguna intención de prescindir. Si me quieren empapelar, ya saben dónde estoy.</p>
<p>Ah, y ya puestos, si algún lector o lectora quiere recomendarme un buen <a title="Libro electrónico en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Libro_electr%C3%B3nico">e-book</a> para estas navidades, con el que sacar el mejor partido posible de los futuros PDFs que lleguen a mis manos. Que soporte muchos formatos, sea ligero, fácil de manejar, ergonómico, tenga amplias posibilidades de conexión (WiFi incluida) y, a poder ser, que no cueste un riñón…</p>
<p class="notasbib">J.G. Ballard, <em>El mundo sumergido</em>, Barcelona, Ediciones Minotauro, 2008, 189 páginas.</p>
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		<title>Libros de cine</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Oct 2009 12:41:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Sobre el número extra de la revista Qué Leer, dedicado a películas resultantes de la adaptación de textos literarios.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" title="Portada de la revista" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/que_leer_libros_cine.jpg" alt="Portada de la revista" />Ayer por la mañana, al ir a comprar el periódico en la tienda que tengo por costumbre –Leoz, en la Plaza del Castillo, toda una institución del comercio pamplonés- me encontré sobre el abigarrado mostrador una imagen de <a title="Audrey Hepburn en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Audrey_Hepburn">Audrey Hepburn</a>, con aquel famosísimo vestido corto de Givenchy que lucía en <a title="Ficha de Desayuno con diamantes en la IMDB en español" href="http://www.imdb.es/title/tt0054698/"><em>Desayuno con diamantes</em></a>. La fotografía ilustraba la portada de un extra de la revista <em><a title="Qué Leer" href="http://www.que-leer.com/">Qué Leer</a></em>, cuyo título es el mismo que encabeza esta entrada. Me faltó tiempo para comprar un ejemplar e ir hojeándolo de camino al trabajo, un vicio sin duda peligroso, pues aumenta el riesgo de impacto contra farolas y bolardos (no será la primera vez que mis espinillas lo constatan), aunque afortunadamente ayer pude practicarlo sin sufrir ningún percance.</p>
<p>El extra de <em>Qué Leer</em> no es precisamente una obra para especialistas, porque cada una de las cincuenta películas de las que se ocupa recibe un tratamiento muy breve de apenas dos páginas, pero tiene su encanto, porque los artículos son jugosos y el aparato gráfico muy seductor. El medio centenar de filmes tratados corresponden a adaptaciones cinematográficas de textos literarios, y aunque algunas muestras de la selección sean objetables, hay también muchos títulos indiscutibles, y varias de mis películas favoritas, cuyos directores, o los autores de los libros en que están basadas, han ocupado en una u otra ocasión el interés de <em>Lengua en Secundaria</em> o <em>La Bitácora del Tigre</em>. Entre otras, la ya citada de Blake Edwards, <em>Matar a un ruiseñor</em>, de Robert Mulligan, <em>El Padrino</em> y <em>Apocalypse Now</em>, de Francis Ford Coppola, <em>El hombre que pudo reinar</em> y <em>Dublineses</em>, de John Huston, <em>El resplandor</em>, de Stanley Kubrick, <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre con la etiqueta 'Blade Runner'" href="http://www.labitacoradeltigre.com/tag/blade-runner"><em>Blade Runner</em>, de Ridley Scott</a>, <em>Los santos inocentes</em>, de Mario Camus, <em>Memorias de África</em>, de <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre con la etiqueta 'Sydney Pollack'" href="http://www.labitacoradeltigre.com/tag/sydney-pollack">Sydney Pollack</a>, <em>El nombre de la rosa</em>, de Jean-Jacques Annaud, <em>El silencio de los corderos</em>, de Jonathan Demme, <a title="Reseña de Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro [autor de Lo que queda del día] en Lengua en Secundaria" href="http://www.lenguaensecundaria.com/resenas/abandone.shtml"><em>Lo que queda del día</em>, de James Ivory</a> o <a title="Reseña de El señor de los anillos, en Lengua en Secundaria" href="http://www.lenguaensecundaria.com/resenas/anillos.shtml"><em>El señor de los anillos</em>, de Peter Jackson</a>.</p>
<p>Estoy seguro de que los aficionados a escudriñar las relaciones entre literatura y cine agradecerán este especial y considerarán los cuatro euros que vale como un gasto asumible, incluso en estos tiempos de crisis. Qué mejor entretenimiento para las tardes en que uno acaba harto de tuitear, bloguear y ce-eme-esear (o, como ayer, de esperar a que mi proveedor de alojamiento reactivara el servidor de base de datos, fuera de combate a causa de un “too many connections” que se ha prolongado más de doce horas), que recorrer las páginas dedicadas de la revista, evocar a sus actores y actrices, recordar sus imágenes, su música, y, si la memoria no flaquea, rememorar lo que uno sentía al leer las páginas de las novelas y cuentos en que están basadas. Sólo pido que, cuando hagan una reedición de este número extra, dentro de cinco o diez años, se acuerden de <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre con la etiqueta 'El secreto de sus ojos'" href="http://www.labitacoradeltigre.com/tag/el-secreto-de-sus-ojos/"><em>El secreto de sus ojos</em>, de Juan José Campanella</a>.</p>
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		<title>La pregunta de sus ojos vs. El secreto de sus ojos</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Oct 2009 19:18:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Comparación de la novela La pregunta de sus ojos, del novelista argentino Eduardo Sacheri, con su adaptación cinematográfica, El secreto de sus ojos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/secreto_ojos_novela.jpg" class="alignright" title="Portada del libro" alt="Portada del libro" />Durante mi reciente escapada sevillana terminé de leer la novela <em>El secreto de sus ojos</em> (éste es el título de la edición española de Alfaguara, porque el original de la edición argentina de 2005 era <em>La pregunta de sus ojos</em>), del escritor argentino Eduardo Sacheri. La cercanía entre <a title="Reseña de El secreto de sus ojos, en La Bitácora del Tigre" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/10/06/el-secreto-de-sus-ojos/">la reseña que escribí acerca de la película de Juan José Campanella</a>, y la lectura de la novela constituye una buena oportunidad para una breve reflexión sobre una de las constantes o reglas no escritas de la relación entre cine y literatura, la que afirma que de una gran novela no suele obtenerse una gran película, pero sí, y a menudo, de libros no especialmente memorables.</p>
<p>Con todos los respetos que a buen seguro merece la obra del novelista argentino (debo advertir que de ella sólo conozco el libro que acabo de citar, por lo que mis opiniones tienen una validez muy discutible), creo que ése es justamente el caso de la novela de Eduardo Sacheri, cuyo valor literario me parece más bien escaso, pero cuya adaptación cinematográfica –y hay que recordar que el guión es obra conjunta del novelista y del director del largometraje, Juan José Campanella- tiene un mérito indiscutible. Reconozco que en esta valoración puede haber influido el hecho de que hubiera visto la película antes de leer la novela, pues la configuración imaginativa que todo receptor se construye para sí mismo a partir de un texto de ficción –y en ello poco importa que sea literario o cinematográfico- está especialmente determinada por la forma inicial en que dicho texto se presenta.</p>
<p><span id="more-963"></span></p>
<p>En cualquier caso, y sin ánimo de agotar el análisis comparativo del texto novelístico y el cinematográfico, me gustaría apuntar algunos de los aspectos que a mi modo de ver mejor explican la “superioridad” de la película sobre la obra literaria, si es que cabe expresar dicha relación en tales términos:</p>
<ul>
<li>La versión cinematográfica ha subrayado aquellos elementos que más pueden influir sobre su recepción emotiva por parte del espectador. El más significativo de estos cambios es el que tiene que ver con el destino final del personaje del asesino Isidoro Gómez, cuya representación fílmica es de gran impacto. Otro cambio argumental muy llamativo tiene que ver con la suerte que corre el personaje de Pablo Sandoval, compañero y amigo del protagonista; como no quiero dar pistas a los interesados que todavía no hayan visto la película ni leído el libro sólo diré que la versión fílmica resulta mucho más trágica que la de la novela. Esta intensificación de la emotividad puede observarse en otras secuencias exclusivas del largometraje (por ejemplo la humillante discusión del protagonista con Romano, cuando éste le amenaza para que no se entrometa en el asunto de la excarcelación de Gómez, o el acto de arrogancia y matonismo que protagoniza el sicario en el ascensor), mediante las cuales se crea un clima de expectación que en la novela apenas existe. </li>
<li>Dos de los personajes secundarios más interesantes del libro –el ya mencionado Pablo Sandoval y la jueza Irene Menéndez Hastings- lo son todavía más en la película, porque el guión ha sabido dotarlos de aspectos que no aparecen en el texto narrativo, y que sin embargo sirven para que el espectador los sienta más cercanos y accesibles. En el caso de Sandoval, el humor y la ironía; en el caso de Irene, una expresividad y cercanía que en la novela apenas quedan sugeridas, o que resultan casi siempre demasiado remotas e inalcanzables. No obstante, hay una secuencia, la del interrogatorio de Gómez por parte del tándem Benjamín-Irene (y que en la novela llevan a cabo el protagonista y Sandoval, en uno de los mejores y más ingeniosos episodios del libro) que en película me sigue pareciendo poco verosímil. </li>
<li>La relación alternante entre las dos líneas temporales de la historia es más nítida en la película que en la novela, donde llega a ser confusa, a causa de una posición del narrador que, al menos para mí, resulta por momentos algo desconcertante. Además, la puesta en escena cinematográfica ha sabido utilizar muy hábilmente ciertos elementos icónicos, como el de la despedida de Benjamín e Irene en la estación de ferrocarril –los viajes en tren son una constante en <em>La pregunta de sus ojos</em>, pero en la novela no se muestra la romántica y desgarrada despedida entre los dos personajes-, que en la gran pantalla adquieren unas resonancias sentimentales y patéticas mucho más perceptibles que en el texto literario. </li>
<li>La novela presenta una ambientación y un léxico muy argentinos, muy rioplatenses, que en varias ocasiones obligan a trabajar con un diccionario al alcance de la mano. La versión cinematográfica, en cambio, y seguramente por influencia de las circunstancias del caso, pues se trata de una coproducción hispano-argentina, ha limitado al mínimo imprescindible los argentinismos y opta por un español más neutro que, con toda evidencia, es más fácil de seguir por una audiencia muy amplia. </li>
<li>El título de la película es más poético, y también más ambiguo, que el de la novela, cuyo sentido resulta explícito en la frase con la que se cierra (por cierto, supongo que no es aventurado suponer que el cambio de título de la edición española de Alfaguara obedece al propósito de aprovechar el enorme éxito de público y crítica de la película de Juan José Campanella). Para muchos espectadores, e incluso para quienes hayan leído el libro, queda sin aclararse del todo cuál es el secreto, y quién constituye el referente del determinante “sus”. Aunque el significado más obvio del título apunte hacia la atracción oculta (pero evidente a través de la mirada, y más en el largometraje que en libro) que siente Irene hacia Benjamín, caben otras explicaciones, que dejo a la interpretación de mis lectores. </li>
<li>Un cambio curioso es el que afecta al apellido del protagonista. En efecto, el Benjamín Chaparro de la novela –denominación que no cuadra con su aspecto físico, como el propio texto subraya en algún momento, pues el protagonista es hombre de elevada estatura- se transforma en el Benjamín Espósito del film. No encuentro una explicación certera a este cambio, como no sea la de evitar las connotaciones más bien chistosas del apellido original. En todo caso, el nuevo apellido también ofrece connotaciones negativas, que el odioso personaje de Romano utiliza, en forma de argumento <em>ad hominem</em>, durante el ya mencionado diálogo con el protagonista, para hacer ver a éste la diferencia de clase entre él y la jueza Menéndez Hastings. Ella es intocable, subraya Romano, pero una persona apellidada Espósito resulta perfectamente prescindible. Esta conversación, muy transformada con respecto al correspondiente episodio de la novela, me parece uno de los momentos más logrados de una película que a lo largo de casi todo su metraje destaca por la eficacia y rotundidad de sus diálogos.</li>
</ul>
<p>Aprovecho esta última observación para matizar lo que escribí al inicio de este artículo, y subrayar un hecho al que hay que dar toda la importancia que merece: aunque el cine de Campanella siempre haya destacado por el cuidado, la elegancia y el donaire de las conversaciones, es evidente que algo habrá tenido que ver Eduardo Sacheri, no sólo como autor de la novela en que está basada <em>El secreto de sus ojos</em>, sino sobre todo como co-guionista de la adaptación cinematográfica, para que muchas de las líneas de diálogo de esta excelente película se fijen en la memoria del espectador. No sé si esta incursión en el mundo del cine es la primera o la única –ninguna de las consultas que he hecho en la Red me ha servido para salir de dudas-, y tampoco puedo adivinar si tendrá continuidad, pero estoy convencido de que el cine argentino ha ganado con Eduardo Sacheri a un magnífico guionista.</p>
<p class="notasbib">Eduardo Sacheri, <em>El secreto de sus ojos</em>, Madrid, Ediciones Alfaguara, 2009, 317 páginas.</p>
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		<title>El nombre del viento, de Patrick Rothfuss</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Sep 2009 18:12:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Reseña de la novela El nombre del viento, del novelista norteamericano Patrick Rothfuss.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/nombre_viento.jpg" alt="Portada de la novela" />Las primeras noticias sobre <em>El nombre del viento</em>, del escritor norteamericano <a title="Patrick Rothfuss - Official Website" href="http://www.patrickrothfuss.com/">Patrick Rotfhuss</a>, me llegaron por algún periódico o revista que no consigo recordar con precisión. No les hice mucho caso, pero tras leer la <a title="Nacimiento de un héroe" href="http://www.elpais.com/articulo/semana/Nacimiento/heroe/elpepuculbab/20090801elpbabese_6/Tes">reseña de Justo Navarro</a>, no pude seguir permaneciendo indiferente a los muchos encantos que esta novela prometía. De hecho, la crítica de Navarro debió de ponerme los dientes muy largos, porque se publicó en <em>El País</em> el 1 de agosto, y el día 4 ya tenía el libro sobre la mesa de lectura, abriéndose paso a codazos para coger buen sitio en la cola de lecturas pendientes. No la comencé inmediatamente, ya que tenía <a title="601 entradas, y casi 100 de libros" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/08/27/601-entradas-y-casi-100-de-libros/">varias obras pendientes de terminar</a>, pero en cuanto tuve ocasión me lancé sobre la novela con ansias devoradoras.</p>
<p>Supongo que mis expectativas no sólo se debían a mi inveterada afición por las novelas de fantasía, sino también a los elogios del reseñista y los ditirambos de la promoción editorial. Sin ir más lejos, las solapas del libro mencionan a varios escritores que en diversos momentos de mi vida he leído con sumo placer: <a title="Ursula K. Le Guin en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ursula_K._Le_Guin">Ursula K. Le Guin</a>, varias de cuyas novelas, comenzando por <em><a title="La mano izquierda de la oscuridad en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/La_mano_izquierda_de_la_oscuridad">La mano izquierda de la oscuridad</a></em>, me apasionaron; <a title="J.R.R. Tolkien en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/J._R._R._Tolkien">J.R.R. Tolkien</a>, de quien me declaro devoto tras varias lecturas de <a title="El señor de los anillos en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_Se%C3%B1or_de_los_Anillos"><em>El señor de los anillos</em></a>; y <a title="George R.R Martin en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/George_R._R._Martin">George R.R. Martin</a>, cuya descomunal serie novelística, <em><a title="Canción de hielo y fuego en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Canci%C3%B3n_de_Hielo_y_Fuego">Canción de hielo y fuego</a></em>, ha sido tema de varias sabrosas conversaciones blogosféricas (aquí hay <a title="Leer de oficio y beneficio" href="http://repasodelengua.blogspot.com/2008/05/leer-de-oficio-y-beneficio.html">una</a>, y aquí <a title="Lecturas heredadas" href="http://repasodelengua.blogspot.com/2008/12/lecturas-heredadas.html">otra</a>) entre el amigo Toni Solano y un servidor.</p>
<p><span id="more-951"></span></p>
<p>Lamento discrepar de tanto panegírico como exhibe la promoción editorial del libro (véase, por ejemplo, la página de <a title="Críticas de El nombre del viento" href="http://www.elnombredelviento.com/criticas_eventos.php">críticas</a> que han recopilado los editores de Plaza y Janés en el sitio web dedicado a la novela de Rothfuss), pero yo creo que la comparación con cualquiera de los tres autores citados no sólo es notoriamente exagerada e inexacta, sino que además distorsiona cualquier intento por formular un juicio ecuánime de <em>El nombre del viento</em>. Por otra parte, en mi caso opera un factor adicional de distorsión, y es el hecho de que aunque la propia novela (su título completo es <em>El nombre del viento. Crónica del Asesino de Reyes: primer día</em>) advierte de que el lector se encuentra ante la primera parte de un relato muy amplio, con al menos tres entregas, yo no fui claramente consciente de esta circunstancia hasta haber consumido los dos primeros tercios iniciales del volumen.</p>
<p>Confieso que me engañaron la ansiedad y las dimensiones del libro, un tomazo de 873 páginas en papel de alta densidad, que cuando se lee con los brazos despegados del cuerpo acaba haciéndose literalmente insoportable. Por otro lado, me esforcé en suponer que la historia, aunque no enteramente independiente de continuaciones, sería más o menos compacta y conclusiva en su desarrollo, y resolvería cuando menos algunos de los muchos misterios que se plantean en su oceánica extensión. Finalmente, me dejé engañar por el mapa de “Los cuatro rincones de la civilización”, que aparece en las páginas 10 y 11 (¡ah, las geografías fantásticas, quién podría resistirse a su encanto!), del que saqué la falsa impresión de un universo narrativo geográficamente bien definido, preciso y tan geográficamente minucioso como los de Tolkien o Martin.</p>
<p>Lo cierto es que no hay tal, porque <em>El nombre del viento</em> es una novela cuya enorme longitud –un mal endémico, y cada vez más extendido, de la narrativa popular contemporánea- bien podría haber permitido algo más de claridad sobre los muchos enigmas que se plantean en el relato, una mayor variedad geográfica –¿para qué un mapa tan extenso, si los acontecimientos se desarrollan en un espacio de terreno relativamente muy reducido, de límites sumamente imprecisos y rasgos geográficos más bien borrosos, que poco tienen que ver con su representación cartográfica?- y una trama mejor hilada, con episodios mejor definidos, pues algunos de ellos, por ejemplo la estancia del protagonista en la Universidad, que abarca más de 350 páginas, resultan muy repetitivos y de funcionalidad más que discutible.</p>
<p>Los hechos que narra la novela –el resumen que expongo a continuación está basado en los que ofrecen las versiones <a title="The Name of the Wind en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/The_Name_of_the_Wind">inglesa</a> y <a title="El nombre del viento en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_nombre_del_viento">española</a> de la Wikipedia; un extracto mucho más detallado de la trama puede leerse en la <a title="Los jueves, informe de lectura: El nombre del viento, de Patrick Rothfuss" href="http://juanmasantiagoblog.blogspot.com/2009/08/los-jueves-informe-de-lectura-el-nombre.html">reseña de <em>Pornografía emocional</em></a>- tienen lugar en un mundo imaginario, que como ya es tradición en las novelas de <a title="Fantasía heroica en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Fantas%C3%ADa_heroica">fantasía heroica</a>, presenta perfiles vagamente medievales (aunque hay ciertos aspectos, como por ejemplo la tecnología y ciertas costumbres y actitudes sociales, que corresponderían a una época más moderna y desarrollada). En ella se cuenta la historia de Kvothe, un personaje legendario, mago, músico y aventurero, conocido por muchos nombres y por hazañas de valor a menudo ambiguo o discutible. Con el sobrenombre de Kote y junto a su aprendiz Bast, el protagonista regenta una posada llamada Roca de Guía, uno de cuyos huéspedes, Devan Lochees, más conocido como “Cronista”, le reconoce y le pide que le cuente su verdadera historia, a lo que Kvothe accede, bajo la condición de que su relato habrá de durar tres días.</p>
<p>El primer día de la narración de Kvothe –y este es justamente el contenido de <em>La sombra del viento</em>-, interrumpida a intervalos regulares por breves episodios en que el relato vuelve al presente (por cierto, las conexiones entre el pasado biográfico y los sucesos del presente son más importantes de lo que parecen a simple vista), arranca de sus años de infancia, en el seno de una familia de artistas itinerantes, los Edema Ruh, formada por músicos, actores, acróbatas y juglares. En este ambiente, estimulado por el ejemplo de sus padres y por las sorpresas cotidianas que proporciona la vida errante de los cómicos, Kvothe se convierte en un niño prodigio, de inteligencia y memoria excepcionales, cualidades que se desarrollan en extremo cuando conoce a Abenthy, un “arcanista” que descubre en el muchacho un talento natural para la “simpatía”, un tipo de magia basada en los vínculos entre objetos.</p>
<p>Tras aprender de Abenthy los rudimentos de diversas ciencias y las técnicas fundamentales de la magia simpática, Kvothe es víctima de un terrible suceso que le aparta de su familia –no daré más detalles, pero está relacionado con los Chandrian, criaturas maléficas que esparcen el mal a su paso- y le obliga a cambiar de vida, convirtiéndose en mendigo en la ciudad de Tarbean, en la que vive durante tres años sometido a continuas zozobras. Finalmente, Kvothe se las ingenia para ingresar en la Universidad –es el alumno más joven de la historia del centro académico-, donde amplía su formación y protagoniza numerosos episodios asombrosos, con los que comienza a forjarse su leyenda.</p>
<p>De este resumen puede concluirse que los parecidos con Le Guin o Tolkien son en el mejor de los casos muy superficiales, y la mención editorial a George R.R. Martin resulta simplemente indefendible. Aunque puedan señalarse similitudes en detalles de la ambientación, la trama o los personajes, el hecho esencial que diferencia a Rotfhuss de cualquiera de los tres escritores que acabo de citar es que la compacidad de los mundos imaginarios de éstos, su capacidad para urdir universos narrativos coherentes y poblarlos con personajes creíbles y tramas bien estructuradas son, a mi modo de ver, muy superiores a los que demuestra el novelista norteamericano. Las aventuras de Kvothe carecen de las resonancias míticas que dan un tono tan particular a la obra cumbre de Tolkien y de la rica y múltiple variedad de significados de las novelas de fantasía de Le Guin. Por otro lado, la cruda desnudez con que se presentan la violencia, la lujuria y la ambición de poder en la colosal serie novelística de Martin son prácticamente inexistentes en <em>El nombre del viento</em>, cuyo protagonista y sus acciones parecen en más de una ocasión de una ingenuidad y candidez que no sólo cabe explicar por la juventud de Kvothe.</p>
<p>Por otra parte, no es necesario insistir en las comparaciones para encontrar aspectos cuestionables en el relato, pues la propia estructura novelística no es del todo satisfactoria, con un arranque demasiado premioso y episodios –por ejemplo el ya citado de la estancia en la Universidad- que hubieran podido condensarse sin mengua esencial de su sentido y función. Además, las distintas etapas de la vida del protagonista presentan grados de interés muy diferentes: mientras que el relato de la infancia de Kvothe contiene momentos encantadores y la lucha por la vida en los callejones más sórdidos de la ciudad de Tarbean recuerda por momentos al relato naturalista de un pícaro moderno, la estancia en la Universidad ofrece muchos instantes anodinos. Sólo con la salida de Kvothe hacia la ciudad de Trebon, para investigar una matanza en la que parece adivinarse la implicación de los Chandrian, la novela recupera un aliento aventurero que ofrece sus mejores galas en el episodio del enfrentamiento con un dragón adicto a la resina de denner, una droga particularmente adictiva y valiosa.</p>
<p>Debe admitirse que muchos los detalles en apariencia intrascendentes de la etapa de formación de Kvothe se recuperan posteriormente en la trama y justifican las asombrosas hazañas del protagonista: que no sangre tras ser azotado, que sea capaz de urdir complejos vínculos mágicos, salir indemne del fuego y matar a un dragón, que domine la técnica del laúd y conmueva a todos los públicos antes los que interpreta sus canciones, que conozca instintivamente el nombre secreto del viento y sepa invocarlo para sus propios fines. Sin embargo, eso no justifica la falta de grandeza, casi podríamos decir la vulgaridad, en la presentación de esa etapa de formación, que en más de una ocasión se parece más al relato costumbrista de la vida cotidiana en una universidad norteamericana contemporánea, cien veces visto en el cine y la televisión, que a lo que podríamos esperar del vuelo imaginativo que necesariamente ha de desplegar el autor de una novela de fantasía.</p>
<p>Curiosamente, el tratamiento de las artes mágicas es uno de los aspectos que más me ha gustado de la novela. En <em>El nombre del viento</em> no hay conjuros ni hechizos al estilo <a title="Harry Potter en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Harry_Potter">Harry Potter</a><em></em> –otra referencia apuntada, también de forma harto oportunista, en más de una reseña-, sino un muy interesante intento de racionalización de la magia, basada en las técnicas de concentración y relajación mental, el dominio de las diversas ciencias y tecnologías del mundo en que transcurre la novela –no recuerdo muchos libros de fantasía donde se justifiquen las acciones mágicas a partir de los principios de la <a title="Leyes de la termodinámica en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Termodin%C3%A1mica#Leyes_de_la_termodin.C3.A1mica">termodinámica</a>- y sobre todo en el aprendizaje lento, demorado y sumamente exigente de todas las disciplinas comprendidas en el programa de estudios que lleva a los aprendices, en algunos casos tras muchísimos años de estudio, a diplomarse en los secretos del Arcano. Asociado al deseo de Kvothe por aprender el oficio de arcanista y comprender el misterio de los Chandrian aparece otro de los motivos más interesantes de la novela, el del acceso a la sabiduría, que se representa en la trama mediante la figura de una de esas bibliotecas emblemáticas que tanto nos gustan a los amantes de los libros: el Archivo, descomunal biblioteca de la Universidad, con puertas secretas, pasillos interminables, cuartos ignotos y sistemas de clasificación bibliográfica que se entremezclan y suceden caóticamente a lo largo de los siglos (el recuerdo de los cuentos de Borges es inevitable). El lector quiere suponer que en el Archivo, continuamente postergado al conocimiento de Kvothe, se encuentran respuestas a los enigmas planteados por la novela, y en esta postergación reiterada se encuentra uno de los recursos que mejor utiliza Patrick Rothfuss para fijar la atención del lector en el relato.</p>
<p>Porque lo cierto es que, a pesar de todas las críticas que he formulado hasta el momento, <em>El nombre del viento</em> se lee con gusto, y prácticamente en ningún momento se hace pesada o aburrida. La voz narrativa en primera persona es creíble, salvo quizás en los encuentros amorosos de Kvothe con la esquiva y hermosa Denna (un personaje que a mi modo de ver no gana demasiado con su vagabundaje por entre los recovecos de la trama), increíblemente castos y comedidos, y hasta algo cursis en más de una ocasión. Lo mismo podría decirse del mundo imaginado por Patrick Rothfuss, que a pesar de sus vaguedades geográficas y de una historia y cultura menos precisas de lo que a mí me hubiera gustado consigue mantenerse en pie, y ofrecer las suficientes garantías de verosimilitud: canciones, leyendas, cuentos infantiles, obras de teatro, sistemas monetarios, idiomas, gastronomía, licores, libros y bibliografía, técnicas, artefactos, artesanías diversas, animales conocidos y fantásticos –las especulaciones sobre los mecanismos pirogénicos de la fisiología del dragón son apasionantes- drogas, flora, minerales, todo ello forma un conjunto muy gustoso de signos de una realidad que sin ser especialmente original tendrá un atractivo indudable para los lectores, sobre todo aquéllos que conozcan la tradición literaria de los mundos fantásticos.</p>
<p>Por otra parte, a lo largo del transcurso de esta novela se crea un poderoso clima de expectación, al que contribuyen diversos mecanismos y planteamientos narrativos, sabiamente distribuidos por entre los episodios de la trama: la amenaza de una presencia maléfica, de origen y propósito desconocidos, la sensación de que en ningún momento está todo dicho sobre la suerte de los personajes, la ya citada postergación de ciertos motivos, como la venganza de Kvothe o el acceso al Archivo, la interrelación entre el pasado de lo narrado y el presente de la narración, los muy diversos detalles que quedan apuntados y sueltos, a la espera de ser concretados en algún episodio posterior. No albergo ninguna duda de que todas estas estrategias creadoras de suspense y tensión narrativa cumplen bien sus propósitos, ya que impulsan a seguir leyendo la novela con avidez y a veces hasta con ansiedad. Ahora bien, una técnica como ésta ofrece riesgos indudables: puesto que como casi ninguno de los enigmas planteados por el relato se resuelven en esta primera entrega de la serie (un ejemplo clarísimo es el episodio de la caza del dragón, en el que parece que van a aclararse algunos aspectos relacionados con las matanzas provocadas por los Chandrian), tanto el autor como la promoción editorial se han cargado con una responsabilidad enorme, la de fiar el cumplimiento del implícito pacto con el lector a una resolución futura que tiene mucho trabajo por hacer y enormes expectativas que cumplir.</p>
<p>La publicación de las dos novelas con las que se supone que habrá de completarse <em>La Crónica del Asesino de Reyes</em> dará y quitará razones, pero yo aconsejaría prudencia a los lectores entusiastas que ya están frotándose las manos y reservando su ejemplar en las librerías. La experiencia demuestra (e invoco el precedente de la decepción que para muchos aficionados a la ciencia ficción constituyó la serie <a title="Ilium-Olympos en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Ilium/Olympos">Ilión-Olympo</a>, de <a title="DanSimmons.com - Author's Official Web Site" href="http://www.dansimmons.com/">Dan Simmons</a>) que las construcciones novelísticas con tramas muy complejas y muchos cabos sueltos tienen grandes posibilidades de, o bien enredarse hasta límites inextricables, o bien de desatarse con una resolución trivial, y a menudo decepcionante. Lo dicho, a esperar tocan.</p>
<p class="notasbib">Patrick Rothfuss, <em>El nombre del viento. Crónica del Asesino de Reyes: primer día</em>, Barcelona, Plaza y Janés, 2009, 873 páginas.</p>
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		<title>601 entradas, y casi 100 de libros</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Aug 2009 18:36:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labitacoradeltigre.com/?p=949</guid>
		<description><![CDATA[Reseña de las novelas Los demonios de Berlín, de Ignacio del Valle, Huye rápido, vete lejos, de Fred Vargas, Génesis, de Bernard Beckett y de la antología Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" alt="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/demonios_berlin.jpg" />Tan popular como las novelas de zombis, pero seguramente unos cuantos peldaños por encima en su consideración cultural por parte del <em>establishment</em> literario (la comparación me permite enlazar con el final de <a title="600 entradas y casi 100 de libros" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/08/26/600-entradas-y-casi-100-de-libros/">la reseña múltiple que publiqué ayer</a>, en la que trataba, entre otros, del libro de Max Brooks, <em>Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi</em>), es el género policíaco, que he cultivado durante las vacaciones en dos entregas consecutivas y en algún momento simultáneas: <em>Los demonios de Berlín</em>, del novelista español <a title="Web oficial de Ignacio del Valle" href="http://www.ignaciodelvalle.es/">Ignacio del Valle</a>, y <em>Huye rápido, vete lejos</em>, de la escritora francesa Fred Vargas. De la obra de Del Valle tuve conocimiento, como tantas otras veces, a partir de <a title="Intriga en el Berlín nazi en llamas" href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/Intriga/Berlin/nazi/llamas/elpepicul/20090627elpepicul_15/Tes">una reseña de Jacinto Antón</a>, tan apasionada como la mayoría de las suyas y rotundamente elogiosa.</p>
<p>Mi valoración de la novela de Ignacio del Valle no es tan favorable como la del articulista de <em>El País</em>. Reconozco que el novelista ovetense escribe con fuerza, intensidad y convicción, y que su relato se lee sin desmayo, pero la trama se me antoja no sólo históricamente improbable –pues a su protagonista, un teniente español llamado Arturo Andrade Malvido, ex combatiente de la <a title="División Azul en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Divisi%C3%B3n_Azul">División Azul</a> y luego enrolado en las últimas unidades de las <a title="Waffen SS en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Waffen-SS">Waffen SS</a> empeñadas en la defensa de las ruinas de Berlín, se le asigna contra toda lógica la investigación del asesinato de un científico relacionado con el desarrollo del proyecto de la bomba atómica alemana– sino además con un incómodo regusto a cosa ya leída o vista en muchos libros y películas. En su comentario, Jacinto Antón cita, como no podía ser de otra manera, <a title="El hundimiento, en La Butaca" href="http://www.labutaca.net/films/30/elhundimiento.htm"><em>El hundimiento</em></a> (y entre el libro de Del Valle y la película de Olivier Hirschbiegel hay escenas casi idénticas, como algunas de las que transcurren en el búnker de la cancillería del Reich, y especialmente las que tienen que ver con el fanatismo de <a title="Magda Goebbels en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Magda_Goebbels">Magda Goebbels</a>), pero a mí también se me venían a la memoria pasajes, tipos o entonaciones de <a title="Reseña de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, en El archivo de Nessus" href="http://www.archivodenessus.com/rese/0240/"><em>En busca de Klingsor</em>, de Jorge Volpi</a>, <a title="Patria, de Rober Harris, en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Patria_(novela)"><em>Patria</em>, de Robert Harris</a> (<a title="Barcelona, entre Harris y Harris" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2008/12/10/barcelona-entre-harris-y-harris/">otra novela que también reseñé brevemente en este blog</a>), o incluso la versión cinematográfica de <a title="El buen alemán, en La Butaca" href="http://www.labutaca.net/films/49/thegoodgerman.htm"><em>El buen alemán</em></a>.</p>
<p><span id="more-949"></span></p>
<p>Con todo, creo que no sería justo condenar a una novela por momentos apasionante como <em>Los demonios de Berlín</em>, basándose en consideraciones tan difusas y objetables como las que acabo de exponer. No me cabe duda de que la obra constituye una apuesta vigorosa, y hasta cierto punto arriesgada, por recuperar ambientes, escenarios y personajes que no son precisamente los preferidos entre el público lector (y mucho menos en los círculos políticamente más correctos), e Ignacio del Valle se muestra como un novelista de fuerte personalidad, al que habrá que seguir la pista con atención. Tengo anotados en mi PDA un par de títulos suyos –entre ellos, <em>El tiempo de los emperadores extraños</em>, que ha recibido <a title="Reseña de &#39;El tiempo de los emperadores extraños&#39; en La librería negra" href="http://lalibrerianegra.wordpress.com/2009/03/31/el-tiempo-de-los-emperadores-extranos-de-ignacio-del-valle/">muy buenas críticas</a>–, sobre los que pienso detenerme en cuanto tenga ocasión.</p>
<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" alt="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/huye_rapido.jpg" />Tampoco <em>Huye rápido, vete lejos</em>, me ha gustado tanto como <em>La tercera virgen</em>, que fue <a title="Márkaris y Vargas: dos estilos policíacos" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/05/12/markaris-y-vargas-dos-estilos-policiacos/">la primera novela de Fred Vargas que leí y comenté en <em>La Bitácora del Tigre</em></a>, aunque lo más probable es que esta diferencia no se deba a una diferencia de calidad literaria, sino al hecho de que era virtualmente imposible repetir la enorme sorpresa y la fascinación que el estilo y el modo de contar de la novelista francesa me produjeron en ese primer acercamiento a su narrativa. Cinco años anterior por fecha de publicación a La <em>tercera virgen</em>, en <em>Huye rápido, vete lejos</em>, el comisario Adamsberg es un recién llegado a la comisaría parisina a la que ha sido destinado, lo que da pie a muchos momentos en los que el anticonvencionalismo rampante del policía tiene sobradas oportunidades para contrastar con las expectativas y los hábitos no sólo de los agentes a sus órdenes, sino también de sus superiores.</p>
<p>Lo mejor de <em>Huye rápido, vete lejos</em>, a mi modo de ver, no es la intrincada y a veces intensamente culturalista peripecia de la investigación policial –aquí las referencias librescas y eruditas tienen mucho que ver con la aparente relación de los crímenes que se suceden a lo largo de la trama con la plaga de la peste medieval–, o la sutileza preparatoria de los criminales, quizás demasiado forzada en algún momento, sino el modo en que Fred Vargas urde una especie de subtrama de investigación auxiliar de la que forman parte, más bien a su pesar, gentes de la vida parisina como el marino bretón Le Guern, o el viejo erudito Decambrais, con variados secretos a sus espaldas. La originalísima relación de Adamsberg con estos personajes, el modo en que sus vidas cotidianas se entremezclan con la trama de asesinatos, pruebas, culpables falsos y verdaderos, y la singularidad de las peripecias personales de unos y otros constituye un ingrediente fundamental de la novela, a la que concede un sabor profundo y sugestivo, que a buen seguro sabrán paladear todos los lectores, y no sólo los más aficionados a la narrativa policial </p>
<p>Por cierto, a estos últimos les vendrá bien saber, si es que no lo saben ya, que de <em>Huye rápido, vete lejos</em> existe una <a title="Pars vite et reviens tard (film) en la Wikipedia (en francés)" href="http://fr.wikipedia.org/wiki/Pars_vite_et_reviens_tard_(film)">versión cinematográfica dirigida por Régis Wargnier</a>, bastante fiel en su primera mitad a la novela, y no tanto en la resolución de la investigación y el desenlace. Titulada en español <em>Plaga final</em>, no es comparable en calidad ni en resultados artísticos al original literario, pero tampoco me pareció tan mala como he leído en más de una crítica. Curiosamente, yo vi la película mediada la lectura del libro, lo cual me produjo una sensación extraña de desajuste o discordancia que tal vez tenga algo que ver con lo que señalaba al principio de mi comentario. </p>
<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" alt="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/genesis.jpg" />La última novela de la que voy a ocuparme en esta reseña es <em>Génesis</em>, del escritor neozelandés Bernard Beckett, una original obra <a title="Distopía en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Distop%C3%ADa">distópica</a> que presenta elementos muy característicos de la ciencia ficción más reflexiva. En ella se relata el examen de acceso al que se somete una joven llamada Anaximandro, aspirante a ingresar en la Academia, el órgano de gobierno de una sociedad situada en un futuro post apocalíptico bastante próximo del que sólo se han librado las islas de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Nueva_Zelanda">Aotearoa</a>, referencia que hace pensar en historias futuristas en las que la humanidad se ha visto obligada a refugiarse en espacios marginales y extremos, como <em><a href="http://www.archivodenessus.com/rese/0407/">El nacimiento de la República Popular de la Antártida</a></em>, de John Calvin Batchelor, y sobre todo <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/On_the_Beach_(novel)"><em>On The Beach</em>, de Nevil Shute</a>, cuya versión cinematográfica, titulada <em><a href="http://www.pasadizo.com/peliculas2.jhtml?cod=1266&amp;sec=3">La hora final</a></em>, tanto me impresionó la primera vez que la vi.</p>
<p>A lo largo de su interrogatorio por parte del tribunal que la examina, Anax repasa la historia de la civilización humana y lleva a cabo, con la ayuda de diversos hologramas, una interpretación de la figura de Adam Forde (supongo que la inevitable asociación con <a title="Fordism and society (Brave New Word en la Wikipedia, en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Brave_New_World#Fordism_and_society">las invocaciones fordianas de <em>Un mundo feliz</em>, de Aldous Huxley</a>, no será casual), personaje clave en la evolución de la sociedad a la que pertenece. En realidad, este resumen tan apresurado de la trama no hace justicia al verdadero sentido de la novela, cuyo tramo final permite interpretarla no tanto como una distopía clásica, sino más bien como una fábula inquietante, terrible y ferozmente darwinista, sobre la evolución de la inteligencia en nuestro planeta y de las formas de organización social asociadas a ella. </p>
<p>Tan breve como bien escrita, con un ritmo reposado y firme, pero al mismo tiempo algo anodina en su desarrollo, <em>Génesis</em> es una obra que fía casi todo su impacto sobre el lector a un desenlace inesperado, nada fácil de prever y ciertamente muy poderoso. Esta disposición tiene sus ventajas, pues la concentración de la narración, la desnudez de los escenarios y el minimalismo en el retrato de situaciones y personajes refuerzan la impresión del final, haciéndolo extraordinariamente perdurable, pero a cambio produce una cierta sensación de artificiosidad, como si los huecos u ocultamientos de la historia hubieran sido muy cuidadosamente diseñados para arrancar del lector un estremecimiento que poco tiene que ver con el tono en que transcurre la mayor parte de la novela.</p>
<p>Seguramente no es un libro para todos los públicos, ya que apenas hay acción, el debate de ideas es por momentos muy denso y las referencias a la antigüedad clásica no siempre son fáciles de seguir, pero lo cierto es que <em>Génesis</em> ofrece perspectivas originales y nada convencionales, y por esa misma razón –seguro que mis lectores sabrán disculpar, una vez más, <a title="600 entradas y casi 100 de libros" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/08/26/600-entradas-y-casi-100-de-libros/">la deformación profesional en la que ya incurrí con el comentario de <em>En las nubes</em></a>– muy interesantes para el análisis y la discusión en el ámbito educativo. Es más que probable que el espacio más adecuado para estas actividades no sea la clase de lengua y literatura, pero tal vez sí las de filosofía, o ética, o educación para la ciudadanía. A este respecto, los profesores de Filosofía que se defiendan bien con el inglés pueden echarle un vistazo al <a title="Longacre Press Teachers’ Resource Kit (Genesis, by Bernard Beckett)" href="http://www.longacre.co.nz/ResourceKits/RKGenesis.pdf">kit de recursos</a> didácticos que la editorial <a title="Longacre Press" href="http://www.longacre.co.nz/index.html">Longacre Press</a> ha publicado sobre la novela de Bernard Beckett.</p>
<p><img class="alignright" title="Portada del libro" alt="Portada del libro" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/perturbaciones.jpg" />Quiero finalizar esta reseña con algunos apuntes sobre una colección de cuentos compilada por Juan Jacinto Muñoz Rengel, y titulada <em>Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual</em>. Mi interés por esta antología, que conocí a través de un email que me hizo llegar el propio antologista, exige una explicación previa, pues en los últimos días del mes de julio de 2008 estaba tumbado a la bartola en un hotel de la isla portuguesa de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Madeira">Madeira</a>, con otra antología de cuentos fantásticos españoles entre las manos. Entonces se trataba de <em>La realidad oculta. Cuentos fantásticos españoles del siglo XX</em>, publicada, en edición de David Rosas y Ana Casas, por <a href="http://www.menoscuarto.es/">Menoscuarto Ediciones</a>, que con su colección <a href="http://www.menoscuarto.es/?v=catalogo&amp;col=1">“Reloj de arena”</a>, de narrativa breve, tanto y tan bien está haciendo por otorgar a los géneros de la narrativa breve –no sólo el cuento, sino también el microrrelato- el puesto que merecen en el panorama literario en lengua española.</p>
<p><img class="alignright" title="Portada del libro" alt="Portada del libro" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/realidad_oculta.jpg" />Lo de estar tirado a la bartola es sólo una expresión, ya que sobre la tumbona tenía un cuaderno <a title="Clairefontaine" href="http://www.clairefontaine.com/">Clairefontaine</a> de tapas azules (¡me encantan los productos de esta marca de papelería y material de escritorio!), en el que tomé algunas notas para la reseña. Recuerdo bien los detalles porque hace dos o tres semanas, haciendo limpia de papeles, han aparecido el cuaderno y las anotaciones. Aunque ya es tarde para retomar el trabajo de aquella recensión inacabada, no lo es para destacar el interés de ambos volúmenes, la coincidencia entre dos lecturas veraniegas separadas por un año casi exacto, y la evidente continuidad que con la antología de David Roas y Ana Casas mantiene la antología preparada por Juan Jacinto Muñoz. Entre ambos libros hay, incluso, alguna zona de solapamiento, como demuestra la coincidencia en ambos de un puñado de autores: Cristina Fernández Cubas, José María Merino, Carlos Castán y Luis García Jambrina.</p>
<p>Que existe una valiosa tradición de literatura fantástica en la literatura escrita en español y en España es una realidad poco reconocida en los manuales, y menos aún en los libros de texto escolares, pero cada vez más indiscutible, gracias, entre otros, al esfuerzo de especialistas como los que han compuesto ambas antologías, y alguna otra publicada en los años inmediatamente anteriores, como la de Juan Molina Porras (<em>Cuentos fantásticos en la España del Realismo</em>, Cátedra, 2006). Las tres colecciones demuestran que esa tradición no sólo es homologable a la de otras lenguas y literaturas que siempre se han considerado más propicias a lo fantástico, como la inglesa, la francesa o la alemana, sino que además el cultivo del relato fantástico se ha mantenido en la literatura española, sin solución de continuidad, desde sus orígenes a finales del siglo XVIII y principios del XIX, a menudo representado por escritores de primerísimo nivel.</p>
<p>Los nombres que más sonarán a la mayoría de los lectores (Blasco Ibáñez, Valera, Clarín, Galdós, Pardo Bazán, Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, Rosa Chacel, Zamora Vicente, Aub, Sastre, García Pavón, Benet, etc.) se encuentran en las antologías de Molina Porras y Roas y Casas, pues ambas dan cabida a autores que ya han sido plenamente reconocidos por la historia de la literatura. La colección preparada por Muñoz Rengel, por su parte, ofrece un panorama mucho más ceñido a la actualidad, dado que el primer autor de la antología, organizada por orden cronológico de las fechas de nacimiento de los escritores, es José María Merino, nacido en 1941, y el último Miguel Ángel Zapata, de 1974, lo cual explica que muchos de los nombres recogidos en ella sólo resulten conocidos para los aficionados al cuento literario, y sobre todo por quienes hemos cultivado la pasión por el relato fantástico.</p>
<p>Con todo, he de reconocer que de la extensa nómina de escritores acogidos por esta antología -José María Merino, Juan Pedro Aparicio, Cristina Peri Rossi, Cristina Fernández Cubas, Norberto Luis Romero, Pilar Pedraza, Julia Otxoa, Elia Barceló, Laura Freixas, Carlos Castán, Luis García Jambrina, Ignacio Martínez de Pisón, Ángel Olgoso, Fernando Iwasaki, Pedro Ugarte, Manuel Moyano, David Roas, Félix J. Palma, Miguel Ángel Muñoz, Ignacio Ferrando, Jon Bilbao, Óscar Esquivias, Patricia Esteban Erlés, Luis Manuel Ruiz, Óscar Sipán y Miguel Ángel Zapata- apenas si he tenido contacto con la obra narrativa de la mitad de ellos, y casi todos pertenecientes al primer tramo de la lista. De los demás conozco cuentos sueltos, publicados en antologías de ámbito general, o libros ajenos a su producción en el terreno de la narrativa breve.</p>
<p>Por eso no me atrevería a confirmar que en la antología de Muñoz Rengel están todos los que son, aunque a la vista de los relatos en ella recogidos sí puedo corroborar que son todos los que están. Sobre la selección de cuentos tampoco me arriesgo a formular una opinión demasiado contundente, si bien hay algún relato –como el de <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre correspondientes a la etiqueta `José María Merino&#39;" href="http://www.labitacoradeltigre.com/tag/jose-maria-merino/">José María Merino</a>, un escritor cuya obra conozco bastante a fondo– que no me parece demasiado representativo (hago constar que soy perfectamente consciente de que los antólogos, tanto por cuestiones de derechos editoriales como por otras circunstancias no menos complicadas, no siempre pueden contar con los textos que más convienen a sus propósitos). En cualquier caso, hay que destacar que <em>Perturbaciones</em> es una antología muy bien trabada, con una introducción que sabe encontrar el punto justo entre lo que gusta a los especialistas y aficionados al género –la teoría sobre lo fantástico es un tema riquísimo y apasionante, cuyas minucias e intrincados debates me encantan– y lo que puede ser más apropiado para los lectores no especializados.</p>
<p>Con lo que no acabo de estar tan de acuerdo es con la afirmación de Muñoz Rengel de que la literatura fantástica española actual se encuentra en un “envidiable estado de salud” (p. 18). Es cierto que la normalización de lo fantástico parece plenamente lograda en nuestras letras, y que la batería de temas y motivos clásicos, y no tan clásicos, del género se halla perfectamente representada en la colección. Ahora bien, la lectura de la antología no depara (o al menos no me ha deparado a mí) sorpresas y hallazgos que pueda calificar de memorables. El tono y la calidad de las aportaciones recogidas en el volumen es más que digno, pero no he encontrado las chispas de genio, las soluciones asombrosas o los elementos de estilo únicos que me hubiera gustado hallar. En este sentido, aunque por motivos algo distintos de los que guían a Julián Díez en su <a title="Reseña de Perturbaciones, a cargo de Julián Díez, en La tormenta en un vaso" href="http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2009/07/perturbaciones-antologia-del-relato.html">reseña de la colección</a>, hago mías las palabras del periodista y crítico, que advertía en esta antología “cierto aroma monocorde”.</p>
<p>Dejando a un lado estas objeciones, hay que subrayar el hecho de que de este tipo de libros siempre cabe extraer experiencias y lecciones muy aprovechables (y mis colegas profesores de lengua también podrán encontrar motivos de inspiración para sus actividades didácticas). Entre ellas, la confirmación de la maestría del autor de “El andén de nieve”, el oscense Carlos Castán, un cuentista que me han recomendado varias veces con entusiasmo, y de quien ya tengo algún libro –<em>Frío de vivir</em>, que es el único que hasta la fecha he podido encontrar- sobre la mesilla, esperando su turno; la logradísima intersección de lo fantástico y el mundo libresco que practica Luis García Jambrina en “Una cita aplazada <em>sine die</em>”; la combinación entre lo legendario, lo mítico y lo siniestro propuesta por Pedro Ugarte en “Fecundación”; el estupendo juego de versiones, inversiones y reversiones que sobre un motivo conocidísimo de la literatura maravillosa practica David Roas en “Y por fin despertar”; las fracturas del mundo real, siempre amenazantes y acechadoras, entre los renglones de “Venco a la molinera”, de Félix J. Palma; o la divertida demostración de que entre la más absoluta normalidad provinciana puede asomar lo inesperado, planteada con destreza y humor socarrón por Óscar Esquivias en “Biológicas: una lectura providencial”.</p>
<p>Es una pena que muchos de los libros de cuentos que se citan en la antología sean prácticamente inencontrables en las librerías, e incluso en las búsquedas bibliográficas a través de Internet, porque de otro modo ya le hubiera echado el diente a más de uno. Me conformo, de momento, con tener anotados en mi libreta electrónica unos cuantos nombres, para cuando me los vuelva a encontrar por ahí, en el escenario, éste sí cada vez más fantástico e insólito, de las buenas librerías.</p>
<p class="notasbib">Ignacio del Valle, <em>Los demonios de Berlín</em>, Madrid, Alfaguara, 2009, 429 páginas.<br />
Fred Vargas, <em>Huye rápido, vete lejos</em>, Madrid, Punto de Lectura, 2008, 410 páginas.<br />
Bernard Beckett, <em>Génesis</em>, Barcelona, Ediciones Salamandra (Col. “Narrativa”), 2009, 158 páginas.<br />
David Roas y Ana Casas (eds.), <em>La realidad oculta. Cuentos fantásticos españoles del siglo XX, Palencia, </em>Menoscuarto Ediciones (Col. “Reloj de Arena”, 32), 2008, 300 páginas.<br />
Juan Jacinto Muñoz Rengel (ed.), <em>Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual, </em>Madrid, Editorial Salto de Página (Col. “Púrpura”), 2009, 379 páginas.</p>
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		<title>600 entradas y casi 100 de libros</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Aug 2009 09:13:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Reseña de las novelas Tempestades de acero, de Ernst Jünger, Las hermanas Grimes, de Richard Yates, En las nubes, de Ian McEwan y Guerra Mundial Z, de Max Brooks.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como señala el título, ésta es la entrada número 600 del blog y la que hace el número 97 de entre las que he dedicado a una de mis aficiones más constantes, <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre pertenecientes a la categoría 'Libros'" href="http://www.labitacoradeltigre.com/category/libros/">los libros y la literatura</a>. Tal vez no lo parezca, si se atiende a <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre pertenecientes a la categoría 'Bitácoras y WordPress'" href="http://www.labitacoradeltigre.com/category/bitacoras-y-wordpress/">mi producción habitual en los últimos tiempos</a>, pero la de libros es la categoría que considero más representativa del auténtico espíritu de esta bitácora. Si no la pongo en práctica más regularmente es porque, como ya he señalado en más de una ocasión, cada vez me cuesta más tiempo y esfuerzo encontrar el estado de ánimo y la concentración adecuados. Soy, además, víctima de malos hábitos lectores, pues suelo leer varios libros a la vez, y raras veces tomo las notas imprescindibles para acometer la reseñas de los libros más largos o de más fuste, que requieren ideas bien asentadas y hasta cierto soporte documental.</p>
<p>Aprovecho el párrafo precedente, que no es más que una versión un tanto pedestre de la clásica <a title="Captatio benevolentiae en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Captatio_benevolentiae">captatio benevolentiae</a>, para pedir de mis lectores una dosis de comprensión adicional. Habida cuenta de que estamos en verano, de que el calor y la galbana aprietan, les ruego que me permitan celebrar el sexcentésimo artículo del blog, y el nonagésimo séptimo de la categoría de libros, con un texto poco habitual, una suerte de reseña múltiple de los que he leído durante la temporada estival. Como el texto resultante ha resultado más largo de lo previsto, lo dividiré en dos artículos: éste y el que publicaré mañana, si mis planes no se tuercen.</p>
<p><span id="more-948"></span></p>
<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/tempestades_acero.jpg" alt="Portada del libro" />Comenzaré por un relato extraordinario, que llevaba mucho tiempo en mi lista de lecturas pendientes, de la que sólo consiguió salir gracias a <a href="http://www.elpais.com/articulo/semana/Barro/sangre/metralla/elpepuculbab/20090425elpbabese_3/Tes">un jugosísimo artículo de Jacinto Antón</a> (¡cuántas recomendaciones le debo a este periodista, cuyos gustos y aficiones tantas veces han coincidido con los míos!) en torno a las novelas sobre la Primera Guerra Mundial. Se trata de <em>Tempestades de acero</em>, del escritor alemán <a title="Ernst Jünger" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ernst_J%C3%BCnger">Ernst Jünger</a>, libro testimonial sobre la lucha de trincheras en el <a title="Frente occidental de la Primera Guerra Mundial en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Frente_Occidental_(Primera_Guerra_Mundial)">frente occidental</a>, donde Jünger sufrió la cifra asombrosa de catorce heridas (“más de veinte cicatrices”, señala en la página 306) en diversas acciones de guerra. Es probable que no guste a muchos lectores, por la estricta temática bélica y la estructura un tanto repetitiva del relato (al fin y al cabo basado en los diarios que el combatiente redactaba en el campo de batalla), pero lo que no puede discutirse es que el testimonio de su autor resulta de una viveza y sinceridad impresionantes.</p>
<p>Lo que a mí más me ha llamado la atención de <em>Tempestades de acero</em> no es la narración de las formidables acciones bélicas en que participó el jovencísimo Jünger –los ejemplos se podrían multiplicar, pero a mí me puso la carne de gallina la escena del asalto a una trinchera inglesa: el oficial alemán, a punto de ejecutar de un disparo en la sien a un enemigo caído, se conmueve cuando el soldado saca del bolsillo la foto de familia en la que aparecen su mujer y sus hijos-, sino el hecho de que los valores que destacan en su relato, la emoción de la guerra como una fiesta de carácter viril, el entusiasmo patriótico, el canto de la camaradería masculina (con frecuentes episodios de francachela y ebriedad), el intenso deseo de matar que no brota del odio sino de un ímpetu casi incontrolable y es compatible con el respeto y la piedad hacia los combatientes enemigos, parecen haberse congelado en un pasado imposible, tan alejado de nuestra experiencia contemporánea como si su autor hubiera pertenecido a una civilización muy distinta, acaso ficticia o legendaria.</p>
<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/hermanas_grimes.jpg" alt="Portada del libro" />Aunque participó de forma directa, como tantos otros novelistas norteamericanos, en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial (una experiencia que seguramente se vio reflejada en el guión de <em><a href="http://www.imdb.com/title/tt0064110/fullcredits">El puente de Remagen</a></em>), nada hay más alejado del entusiasmo bélico y el vértigo de la guerra en las trincheras que la obra del novelista norteamericano <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Richard_Yates_(novelist)">Richard Yates</a>, con la cual tuve contacto por primera vez a través de la adaptación cinematográfica de su primera novela, <a title="Revolutionary Road en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Revolutionary_Road">Revolutionary Road</a>. Sólo después de haber visto la película, de la que escribí una <a title="Revolutionary Road y los Oscar 2009" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/01/28/revolutionary-road-y-los-oscar-2009/">entusiasta reseña en este blog</a> hace algo más de medio año, leí la novela, y me gustó tanto que en cuanto tuve noticia de la publicación de <em>Las hermanas Grimes</em>, a través de la <a title="Escribiendo con sangre. Crítica de Rosa Montero sobre 'Las hermanas Grimes', de Robert Yates" href="http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Escribiendo/sangre/elpepuculbab/20090530elpbabnar_4/Tes">elogiosa crítica de Rosa Montero</a>, me faltó tiempo para comprar la que para muchos es su novela más lograda.</p>
<p>Al igual que <em>Revolutionary Road</em>, pero en este caso de una manera más honda y conmovedora, <em>Las hermanas Grimes</em> es un libro triste, a veces desolador, sobre cuyos personajes gravita el sino de una condición profundamente desgraciada, presente ya en la primera frase del relato. Pocas novelas presentan con más nitidez y crudeza el reverso frustrado y grisáceo del &#8220;sueño americano&#8221; durante los años de expansión y desarrollo fulgurante tras la Segunda Guerra Mundial que este libro, donde brilla el talento de Richard Yates en el retrato de personajes –las dos hermanas protagonistas, Sarah y Emily, y su madre Pookie, las tres atrapadas en perspectivas de la realidad diferentes, pero en los tres casos falsas o incompletas-, y su excepcional manejo del diálogo y de un estilo llano, muy apegado al detalle, por momentos casi documental, que sin embargo es capaz de convertir los episodios más triviales de la vida cotidiana en objetos plenos de significación artística.</p>
<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/en_las_nubes.jpg" alt="Portada del libro" />Otra recomendación, <a title="Obstáculos en la lectura" href="http://www.fzayas.com/darlealalengua/?p=716">esta vez de Felipe Zayas</a>, me llevó hasta <em>En las nubes</em>, del escritor inglés <a title="IanMcewan.com" href="http://www.ianmcewan.com/">Ian McEwan</a>, a quien ya he dedicado <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre con la etiqueta 'Ian McEwan'" href="http://www.labitacoradeltigre.com/?s=mcewan">un par de entradas en este blog</a>. La sucesión de las lecturas no fue premeditada, pero no hay mejor remedio que esta obrita para sobreponerse al riesgo de decaimiento del ánimo que acecha al lector entre las páginas de la novela de Richard Yates. En efecto, el de McEwan es un libro delicioso, en cuya certera brevedad parecen haberse condensado todas las virtudes –emoción, belleza, alegría, el gozo del reconocimiento de las mejores experiencias de la vida y el deleite de conocer, vicariamente, las que no se han saboreado en carne propia- de la mejor y más perdurable literatura. Organizada a modo de novela episódica, formada por diversas historias casi independientes entre sí, que se suceden en un marco común –el relato de las ensoñaciones y fantasías de un niño inteligente e imaginativo, que vive en una casa y en el seno de una familia muy convencionalmente inglesas, pero al mismo tiempo adorables-, el libro de McEwan es un continuo hallazgo literario, un prodigio de inventiva, pero también de aguda observación de la realidad, siempre retratada con una mirada pícara, jovial, comprensiva y llena de humor.</p>
<p>Decía Zayas en su artículo que leyó <em>En las nubes</em> sin conseguir olvidarse del todo de ese “modo de lectura profesional [que] está acechando siempre y viene a perturbar el gozo de la lectura ociosa”. Pues bien, aunque es probable que yo recorriera el libro de Ian McEwan con mayor despreocupación que la de mi colega (al fin y al cabo fue la lectura de mis dos o tres primeros días de <a title="Diez horas en Ibiza" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/07/31/diez-horas-en-ibiza/" target="_blank">vacaciones levantinas</a>), tampoco pude sustraerme a esa peculiar variedad de la deformación profesional que nos afecta a los profesores de lengua, y que nos lleva a considerar todos los libros <em>sub specie docendi</em>. Desde esta perspectiva, que no es incompatible –ni mucho menos- con el disfrute apasionado y desinteresado de la literatura, me apresuro a señalar que <em>En las nubes</em> es uno de esos libros que se pueden recomendar sin ninguna reserva para que lo lean los alumnos (me atrevo a precisar más, los del primer ciclo de Secundaria), y sus profesores junto a ellos. Se encontrarán con una novela tan inglesa como la interminable serie harrypotteriana y desde luego mucho mejor que ella.</p>
<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/guerra_mundial_z.jpg" alt="Portada del libro" />El verano ofrece tiempo y oportunidad no sólo para lo sublime, sino también para lo popular, y aun para lo populachero. En alguna de estas dos categorías, aunque no sabría precisar muy bien en cuál de ellas, habría que ubicar la novela de Max Brooks, <em>Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi</em>, libro que hace entera justicia a su título, pues se trata justamente de eso, un relato de ciencia ficción –por cierto, con dosis escasísimas, por no decir nulas, de fundamentación científica- que plantea con un tono claramente sarcástico, a menudo al borde de la parodia, el escenario de un futuro muy próximo en el que la humanidad se enfrenta a una horrible pandemia que convierte a una parte significativa de la población mundial en una horda de zombis sedientos de sangre, inmunes a los remedios de la medicina, a la piedad, a las balas y hasta a las bombas de fragmentación.</p>
<p>Así resumido, el planteamiento de la historia es muy poco novedoso. pero lo cierto es que <a title="Max Brooks en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Max_Brooks">Max Brooks</a> –escritor de ilustre cuna, hijo del humorista <a title="Mel Brooks en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Mel_Brooks">Mel Brooks</a> y la extraordinaria actriz <a title="Anne Bancroft en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Anne_Bancroft">Anne Bancroft</a>- lo trata con un enfoque bastante original, a base de sucesivos testimonios procedentes de voces muy distintas –de aquí lo de “historia oral”, aunque los relatos no tengan precisamente el tono ni las características de la oralidad-, que componen algo así como un caleidoscopio sangriento y apocalíptico del futuro de la especie humana, enfrentada a un nada desdeñable riesgo de extinción de los propios conceptos de civilización y humanidad. Quizás Max Brooks abusa de la militarización del relato (el despliegue de tecnologías y artefactos mortíferos es abrumador, aunque su inutilidad generalizada seguramente es un síntoma de los propósitos sarcásticos del escritor) y de una perspectiva de la guerra en la que el protagonismo de la iniciativa norteamericana, a pesar de los reveses iniciales, no parece en absoluto inocente.</p>
<p>Con todo, la <em>Guerra Mundial Z</em> es un libro para disfrutar a manos llenas de las paradójicas delicias del <a title="Cine gore en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Cine_gore">gore</a> y las fantasías apocalípticas, sobre todo si el lector se encuentra bien relajado, en la playa o en la piscina, con una cervecita (un servidor prefiere el granizado de limón) al alcance de la mano. Yo, que no soy precisamente experto, pero sí practicante regular de los subgéneros cinematográficos y literarios de los relatos de zombis –véanse, por ejemplo, mis reseñas de las películas <em><a title="Reseña de la película 28 días después, de Danny Boyle, en Lengua en Secundaria" href="http://www.lenguaensecundaria.com/resenas/28dias.shtml">28 días después</a></em>, <a title="Reseña de 28 días después, de Juan Carlos Fresnadillo" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2007/06/30/28-semanas-despues/"><em>28 semanas después</em></a> y <em><a title="Dos películas, dos libros, dos adaptaciones" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2008/01/20/dos-peliculas-dos-libros-dos-adaptaciones/">Soy leyenda</a></em>- pasé unos ratos muy entretenidos con la novela de Max Brooks. Sólo espero que, tras la llegada de los fríos otoñales, la tantas veces augurada propagación de la <a title="Gripe A en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Pandemia_de_gripe_A_(H1N1)_de_2009">Gripe A</a> no me haga arrepentirme de haber considerado una pandemia universal como un asunto casi de risa.</p>
<p class="notasbib">Ernst Jünger, <em>Tempestades de acero</em>, Barcelona, Tusquets (Col. “Tiempo de Memoria”, 45/1), 2008, 448 páginas.<br />
Richard Yates, <em>Las hermanas Grimes</em>, Madrid, Alfaguara, 2009, 224 paginas.<br />
Ian McEwan, <em>En las nubes</em>, Barcelona, Anagrama (Col. “Panorama de Narrativas”, 655), 2007, 149 páginas.<br />
Max Brooks, <em>Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi</em>, Córdoba, Editorial Almuzara (Col. “Narrativa”), 2009, 457 páginas.</p>
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		<title>La sima, de José María Merino</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Jun 2009 18:58:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Reseña de la novela La sima, del escritor español José María Merino.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" title="Portada de la novela" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/la_sima.jpg" alt="Portada de la novela" />Leyendo <em>La sima</em>, la última novela de <a title="José María Merino en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Merino">José María Merino</a>, me he visto en varias ocasiones dominado por una sensación de incomodidad de la que sólo he conseguido librarme casi al final del libro, cuyo desenlace, tan emotivo como esperanzador, se cuenta entre los mejores de toda la obra del escritor leonés. No era una sensación de extrañeza, pues los perfiles del mundo narrativo de Merino -la búsqueda de la identidad a través de la memoria, el regreso a los escenarios y las experiencias de la infancia, el lirismo en la descripción de los paisajes asociados a la memoria personal, la tendencia del personaje protagonista a la disolución y el anonadamiento en un tiempo no humano, que en otras novelas era el tiempo del sueño y en ésta el tiempo geológico de las rocas, brañas y espesuras de la montaña leonesa- son en <em>La sima</em> perfectamente reconocibles para cualquier lector que haya seguido la trayectoria narrativa del escritor.</p>
<p>No puedo aducir que me haya visto sorprendido, ni mucho menos defraudado, por la particular estructura narrativa de esta novela, con un narrador-protagonista que dirige su testimonio a tres <a title="Narratario en la Wikipedia (en gallego)" href="http://gl.wikipedia.org/wiki/Narratario">narratarios</a> diferentes y un contraste evidente entre el breve tiempo interno en que se despliega el relato y el larguísimo lapso del tiempo evocado, que tiene su centro de interés en la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil, pero que de hecho considera también episodios mucho más antiguos, como la Reconquista, la expulsión de los judíos, <a title="Guerra civil entre los conquistadores del Perú en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_civil_entre_los_conquistadores_del_Per%C3%BA">las guerras civiles entre pizarristas y almagristas en el Perú colonial</a> y hasta los homínidos de Atapuerca. Finalmente, tampoco me he sentido decepcionado por la elaboración literaria del discurso narrativo, incluso a pesar de ciertos momentos en los que el discurrir de la historia se ve entorpecio por cierto prosaísmo o sequedad que no condice con el lirismo y la emoción tan característicos de gran parte de la narrativa meriniana.</p>
<p><span id="more-874"></span></p>
<p>Creo que mi incomodidad deriva de un hecho que certeramente señala J. Ernesto Ayala-Dip en <a title="Reseña de La sima, a cargo de J. Ernesto Ayala-Dip" href="http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Pesquisas/Guerra/Civil/elpepuculbab/20090606elpbabnar_1/Tes">su reseña de <em>La sima</em></a>, cuando afirma que &#8220;el presente resulta por momentos demasiado cercano. Como si en su aspiración a novela se hubiera empantanado en una crónica&#8221;. Si el reparo tiene sentido, no lo es por la escasa distancia temporal entre los acontecimientos mencionados en el relato -los constantes enfrentamientos que vienen presidiendo la reciente vida política española, los acontecimientos del 11-M, la elaboración del nuevo estatuto de Cataluña, la guerra de Irak y las reacciones que suscitó en la población de nuestro país la participación de tropas españolas en la contienda-, pues también sobre lo inmediato cabe construir valiosas ficciones literarias, sino sobre el hecho de que esos sucesos están puestos por el autor al servicio de una idea previa -la tendencia al cainismo y el enfrentamiento fratricida- que el protagonista del relato, tras cuya figura no parece arriesgado adivinar al propio autor, considera no sólo una amarga constante de la historia española, sino un rasgo constitutivo de su propia y dramática biografía.</p>
<p>Volveré sobre este aspecto más adelante, pero para entender lo que acabo de decir conviene precisar algunos detalles del argumento de la novela, protagonizada por un joven historiador de treinta y cuatro años, Fidel, que acude a un pueblo de la montaña leonesa en los últimos días del año 2005 (la novela comienza un 28 de diciembre y termina el día de Reyes) para redactar su tesis doctoral sobre la <a title="Primera Guerra Carlista en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Primera_Guerra_Carlista">Primera Guerra Carlista</a>. Conforme se desarrolla la trama, el lector comprende que la obstáculos que encuentra Fidel para avanzar en su estudio no se deben a las dificultades objetivas de su labor, sino a una condición melancólica que tiene mucho que ver con las tragedias que han presidido su vida: la temprana muerte de sus padres en un accidente, el convencimiento de que su abuelo materno tuvo una participación destacada en los crímenes protagonizados por los sublevados durante la Guerra Civil, y sobre todo la ruptura traumática con la mayor parte de su familia. La sima de Montiecho, que da título al libro, no sólo es un elemento objetivo del paisaje de la novela y el escenario de la exhumación de las víctimas republicanas arrojadas a su seno durante la contienda, sino también un símbolo de la violencia fratricida y de las heridas, todavía no cerradas, que se han abierto en la memoria y en el carácter del protagonista.</p>
<p>Aunque su elaboración literaria y lo extenso y complejo de las anotaciones pongan en cuestión la naturalidad del artificio narrativo, la novela adopta la forma y la tonalidad expresiva de un diario en el que Fidel transcribe los progresos y los bloqueos que experimenta en el desarrollo de su tesis doctoral. Ahora bien, esta intención es en realidad un recurso destinado a ordenar el flujo de los recuerdos, sensaciones y sentimientos del personaje y someterlo al auténtico propósito de su testimonio, que no es otro que el intento de explicarse ante sí mismo y ante los tres destinatarios de sus palabras, todos ellos personajes de la novela (serían, pues, tres casos de narratario <a title="Narrador en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Narrador">homodiegético</a>, por utilizar la terminología de Gérard Genette): la doctora Valverde, una psiquiatra que le atendió en la fase más aguda de un proceso depresivo; don Cándido, un profesor de instituto en el que el protagonista encuentra el cariño y amparo que tanto ha echado en falta a consecuencia de la temprana muerte de su padre; y el profesor Verástegui, director de la tesis, cuya intervención en la trama, aunque muy sumaria, es de gran importancia para la configuración de uno de los elementos claves de la novela, la relación entre historia y ficción.</p>
<p>Las apelaciones a estos tres narratarios se distribuyen a lo largo del discurso de Fidel en distintas proporciones que no necesariamente son indicativas de su importancia, pues aunque quizás predominen las menciones a la doctora Valverde, no hay duda de que es don Cándido el personaje a quien el protagonista recuerda con mayor devoción y cariño. En cualquier caso, y si bien en ámbitos distintos, los tres desempeñan una función semejante, pues son para Fidel argumentos vivos de autoridad y constituyen un referente para el constante intento del protagonista por ordenar su vida, bucear en su memoria, y encontrar en el pasado personal, pero también en la historia de su familia y en la de su país, la explicación a su carácter y personalidad, en los que predomina un sentimiento de orfandad, desamparo y, finalmente, una profunda tristeza que le ha marcado de forma indeleble. De este modo, la redacción de la tesis sobre la Primera Guerra Carlista (quizás sería mejor decir la reflexión sobre la redacción de la tesis, pues durante su estancia en el pueblo Fidel avanza más bien poco en la investigación académica) se configura como un expediente para la búsqueda en la identidad personal.</p>
<p>Como ocurre en otras novelas de Merino (<em><a title="Reseña de El heredero, de José María Merino, en Lengua en Secundaria" href="http://www.lenguaensecundaria.com/resenas/heredero.shtml">El heredero</a></em> y sobre todo <em>La orilla oscura</em> serían ejemplos representativos del virtuosismo alcanzado por el escritor a la hora de ordenar y presentar sus materiales narrativos), hay varios ámbitos que se entrelazan en esta indagación: las relaciones familiares y de amistad, la educación afectivo-sexual, la indagación histórica, las reflexiones de carácter político. A mi modo de ver, no en todos ellos alcanza la novela el mismo valor literario ni la misma capacidad de conmover, emocionar y hacer reflexionar al lector. De hecho, yo creo que <em>La sima</em> resulta mucho más convincente en la evocación de la vida familiar, en la narración de las relaciones con el abuelo (un personaje muy interesante, a quien el narrador siempre recuerda con cariño y respeto, a pesar de sus diferencias y desencuentros), con sus primos José Antonio y Fernando, con los amigos del colegio y la carrera, y, sobre todo, en el por momentos bellísimo relato de su aventura sentimental con su prima Puri, que cuando el narrador ahonda en las reflexiones históricas, a veces abrumadas por el peso de lo ensayístico y documental, o cuando transita por los ásperos territorios del debate político, donde maneja materiales ciertamente peliagudos, y hasta peligrosos para el equilibrio de la novela.</p>
<p>En efecto, hay más de una ocasión en que el discurso del <a title="Autor implícito en los glosarios de Desocupado lector" href="http://www.desocupadolector.net/glosarios/index.php?a=term&amp;d=4&amp;t=14">autor implícito</a> se aproxima a lo que convencionalmente suele denominarse como &#8220;novela de tesis&#8221;, cuyos rasgos más característicos pueden advertirse en determinados aspectos. Por ejemplo, en cierto maniqueísmo que subyace a la caracterización de José Antonio, primo de Fidel y principal antagonista de la novela, cuyo nombre y sobre todo sus actitudes, invariablemente extremistas, suscitan en el lector el recuerdo de la <a title="José Antonio Primo de Rivera en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Primo_de_Rivera">&#8220;dialéctica falangista de los puños y las pistolas&#8221;</a>. O, por ejemplo, en el hecho de que los abundantes debates sobre temas políticos que contiene la novela se encarnan en figuras cuya adscripción a bloques ideológicos claramente definidos les otorga poca libertad, escaso margen de maniobra como criaturas novelísticas. Que las tomas de posición del narrador y del autor empírico (la coincidencia entre ambos no es una suposición o inferencia mía, a tenor de las <a title="LIBROS | En su nueva novela 'La sima' 'La sima', una reflexión sobre la 'manía fratricida' de España" href="http://www.elmundo.es/elmundo/2009/05/06/cultura/1241609758.html">manifestaciones públicas de Merino con motivo de la publicación de <em>La sima</em></a>) sobre la &#8220;tesis&#8221; de la novela, esto es, la idea del enfrentamiento fratricida como una constante en la historia de España y la afirmación de que la cada vez mayor polarización de la vida política española puede contemplarse a la luz de esa maldición cainita, constituyan un punto de vista plausible para quien firma estas líneas (por cierto, me parece significativa la coincidencia de las posiciones de Merino con las que recientemente ha defendido Javier Cercas en <em>Anatomía de un instante</em>, que <a title="El 23-F según Javier Cercas" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2009/05/20/el-23-f-segun-javier-cercas/">hace poco reseñé en este mismo blog</a>) no eliminan el reproche que acabo de formular y son probablemente la causa de la incomodidad como lector a la que me he referido al principio de esta reseña. Animo a quien quiera profundizar en estos aspectos a que lea la interesantísima <a title="Los riesgos de las tesis" href="http://www.diarioelfaro.es/noticia.asp?ref=126152">crítica de <em>La sima</em> a cargo de Fernando Larraz</a>; yo no estoy de acuerdo con algunas de sus valoraciones más negativas, pero en todo caso me parecen solventes y dignas de consideración.</p>
<p>Merino es perfectamente consciente de estos riesgos (la juguetona ironía con que se cierra la última frase de la novela es del todo transparente), y es posible que haya tratado de minimizarlos o reconducirlos mediante uno de sus habituales juegos de espejos enfrentados en los que la realidad y la ficción (en este caso, la historia y la novela) se entrelazan y se entremezclan. En <em>La sima</em> tenemos a un estudioso que, mientras redacta su tesis doctoral sobre la Primera Guerra Carlista, elabora también una novela de tesis (en el sentido objetivo de la expresión, es decir, una novela sobre la redacción de una tesis). Y es una novela sobre la redacción de una tesis porque, tal como advirtió a Fidel el profesor Verástegui, la hipótesis de la maldición cainita en la historia española, aunque muy atractiva desde el punto de vista de la ficción, era insostenible como punto de partida científico para una investigación académica. Es decir, que Fidel renuncia a hacer historia a partir de sus intuiciones y de sus obsesiones personales -muy marcadas, y hay que insistir en ello, por las tragedias que han determinado su historia personal-, y por ello hace literatura, que al fin y al cabo es otra forma de entender la realidad y apropiarse de ella. En el entretejido entre historia y novela encuentra las claves de su propia vida, y al ficcionalizarla no sólo consigue superar los traumas que lo han hecho padecer desde niño sino también encontrar una solida promesa de amor y felicidad.</p>
<p>No quiero dar pistas sobre el desenlace, pero me permito precisar que no sólo es esperanzador y de gran belleza, sino también muy interesante desde la perspectiva de su elaboración literaria, pues el autor ha construido un final en doble instancia (o un final &#8220;con truco&#8221;, si se quiere), cuya primera entrega, de carácter ficcional, se caracteriza por un rasgo de conducta -el ejercicio de la violencia fratricida- significativamente ajeno a la trayectoria biográfica de Fidel. Es un episodio muy llamativo, y hasta un tanto desconcertante a primera vista, en el que los amantes de la literatura y del cine de aventuras y de acción (Merino se ha confesado más de una vez amante de estos géneros) reconocerán el valor salvífico y liberador de la épica del héroe, por su capacidad para poner en pie una enseñanza ética y una poderosa alternativa a la injusticia y fealdad del mundo real. Todo lo que desde el punto de vista de la verosimilitud psicológica, y hasta de la adecuación genérica, tiene de improbable este primer final, lo tiene también de catártico y facilitador de la resolución definitiva de la trama.</p>
<p>Ya sé que los finales felices tienen mala prensa en ciertos círculos -sobre ello he escrito en varias ocasiones, y creo que merece la pena recordar lo que en su día señalé en la revista <em><a title="Número 7 de la revista Hélice" href="http://www.revistahelice.com/revista/Helice_07.pdf">Hélice</a></em>, a propósito de <em>La carretera</em>, de Cormac McCarthy-, pero a mí no me duelen prendas en considerar que es uno de los mejores momentos de la novela, pleno de emoción y de sentido, y absolutamente justificado tanto desde la perspectiva de la evolución del personaje protagonista como de la lógica interna de la trama. En este segundo desenlace culmina el proceso de autodescubrimiento de Fidel y al mismo tiempo constituye la síntesis de un mensaje profundamente humanista -visible no sólo en la relación entre Fidel y Puri, sino también en la de sus amigos Garnacha y Covi-, mediante el cual la novela reivindica la entrega personal, el compromiso y el amor como la única solución posible para los conflictos personales, ideológicos y sociales que viven sus personajes. Habrá quien considere que el discurso político final de Garnacha es ingenuo y simplificador -algo de eso parece sugerir Fernando Larraz en su ya citada reseña- pero yo creo en cambio que, más allá de su explícita dimensión política, la idea de reconciliación y acuerdo entre adversarios, entre personas que piensan y sienten de diferente modo, es un hermosísimo colofón para la historia de un personaje que a lo largo de toda la novela se ha hecho acreedor a la esperanza y la felicidad.</p>
<p>No quiero acabar esta reseña sin formular una declaración muy personal, tal vez innecesaria, pero a la que me siento obligado por un deber de lealtad: hace más de veinticinco años que sigo con enorme interés la evolución de la obra de José María Merino, un escritor cuyas novelas, cuentos, poemas y ensayos me han permitido vivir algunos de los momentos más placenteros de mi experiencia como lector. En todas las ocasiones en que he mantenido alguna relación personal con Merino, siempre se ha mostrado cordial, atento, cercano y sumamente generoso, hasta el punto de dedicarme el cuento titulado &#8220;Solysombra&#8221;, publicado en <em>Las puertas de lo posible</em>, su última colección de relatos. Ya sé que no es imposible conciliar la admiración con la crítica ecuánime y razonada, pero no consigo desprenderme de la insidiosa sensación de que con algunos de los reproches y críticas que he formulado en esta reseña estoy pagando su desprendimiento y cercanía con algo muy parecido a la mezquindad. Si así se lo parece, don José María, acepte por favor mis más sinceras disculpas.</p>
<p class="notasbib">José María Merino, La sima, Barcelona, Seix Barral (Col. &#8220;Biblioteca Breve&#8221;), 2009, 415 páginas.</p>
<p class="adicional">Los interesados en contrastar mis opiniones sobre <em>La sima</em> con los de otros críticos pueden leer las reseñas de <a title="La sima, de José María Merino" href="http://www.luisartigue.com/2009/04/la-sima-de-jose-maria-merino.html">Luis Artigue</a>, <a title="LECTURAS José María Merino o hablar de la guerra sin odio" href="http://info.elcorreodigital.com/territorios/articulo/lecturas/842533/jose-maria-merino-o-hablar-de-la-guerra-sin-odio.html">Iñaki Ezquerra</a>, <a title="Una tesis sobre la guerra carlista" href="http://www.diariodenavarra.es/20090601/culturaysociedad/una-tesis-guerra-carlista.html?not=2009060103145780&amp;idnot=2009060103145780&amp;dia=20090601&amp;seccion=culturaysociedad&amp;seccion2=culturaysociedad&amp;chnl=40">José Luis Martín Nogales</a> y las ya citadas de <a title="Pesquisas de la Guerra Civil" href="http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Pesquisas/Guerra/Civil/elpepuculbab/20090606elpbabnar_1/Tes">J. Ernesto Ayala-Dip</a> y <a title="Los riesgos de las tesis" href="http://www.diarioelfaro.es/noticia.asp?ref=126152">Fernando Larraz</a>.</p>
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		<title>La séptima novela criminal de John Connolly</title>
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		<pubDate>Mon, 25 May 2009 16:43:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Larequi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Reseña de la novela Los hombres de la guadaña, del novelista irlandés John Connolly.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright" title="Portada de Los hombres de la guadaña" src="http://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/hombres_guadana.jpg" alt="Portada de Los hombres de la guadaña" /> El novelista irlandés <a title="John Connolly" href="http://www.johnconnollybooks.com/">John Connolly</a> es un <a title="Entradas de La Bitácora del Tigre con la etiqueta 'John Connolly'" href="http://www.labitacoradeltigre.com/tag/john-connolly/">viejo conocido de esta bitácora</a>. Desde que me encontré con sus obras por primera vez, sobre las estanterías de una librería de aeropuerto, en junio de 2006, no ha habido primavera o verano –la excepción fue el año pasado, cuando comencé a notar los síntomas de una extraña dolencia de sequedad reseñista, de la que parece que me voy reponiendo- en que no haya dedicado una entrada a su serie de novelas policíacas o criminales, hasta la fecha formada por <em><a title="La mejor de las tres" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2006/07/12/la-mejor-de-las-tres/">Todo lo que muere</a></em>, <em>El poder de las tinieblas</em>, <em><a title="Bichos asesinos" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2006/07/03/bichos-asesinos/">Perfil asesino</a></em>, <em><a title="Odio y violencia en el Congaree" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2006/06/19/odio-y-violencia-en-el-congaree/">El camino blanco</a></em>, <em><a title="Un Connolly discutible" href="http://www.labitacoradeltigre.com/2007/07/23/un-connolly-discutible/">El ángel negro</a></em>, <em>Los atormentados</em>, y la que acaba de publicar Tusquets en su colección “Andanzas”, <em>Los hombres de la guadaña</em>.</p>
<p>Lo más destacable para los aficionados a la serie de novelas protagonizadas por el ex detective privado Charlie Parker (aquí desposeído de su licencia y de su permiso de armas, y obligado a ganarse la vida como camarero en un bar de <a title="Portland, Maine" href="http://www.portlandmaine.com/">Portland</a>) es que el autor ha cedido el protagonismo de la historia a Louis y Ángel, amigos, ayudantes de Parker y, seguramente, una de las parejas homosexuales más inquietantes y peligrosas de la historia de la literatura. Desde el punto de vista del argumento, pues, se podría decir que <em>Los hombres de la guadaña</em> constituye el reverso de la mayor parte de las novelas de la serie, puesto que en ella no son Louis y Ángel los que intervienen para ayudar a Parker, sino justo al revés; de hecho, el detective apenas aparece en la trama, salvo por alguna mención episódica y sólo hace acto de presencia en el último tramo –como suele ser habitual en sus novelas, una verdadera traca final de acciones hiperviolentas, contada con enorme brío- para ayudar a sus amigos en lo que parece una encerrona sin posible escape.</p>
<p><span id="more-862"></span></p>
<p>Aunque John Connolly haya dado la vuelta como un calcetín al esquema narrativo de sus novelas, sigue fiel en ésta a sus rasgos más característicos: la violencia descarnada de los submundos criminales (y conviene advertir que no siempre el término “submundo” apunta hacia los estratos más depauperados de la estructura social), el pasado como una zona oscura que atormenta la conciencia de los personajes y vuelve hasta ellos en forma de amenazas y deudas no saldadas, la exploración de las quiebras y angosturas de la personalidad homicida, y desde luego el ejercicio de un tono narrativo repleto de adrenalina y testosterona, en el que el lector apenas encuentra respiro. Curiosamente, otro de los rasgos esenciales de la narrativa de Connolly –la presencia de elementos sobrenaturales, o lindantes con lo sobrenatural- se ha reducido en <em>Los hombres de la guadaña</em> hasta convertirse en una presencia casi marginal: apenas las irrupciones del Hombre Quemado en la duermevela de Louis, y algún otro detalle de importancia secundaria.</p>
<p>No hay duda de que esta reducción es intencionada, y quizás se relacione con los rasgos de la personalidad del protagonista de la novela –Louis, un hombre negro de mediana edad, tan corpulento como elegante, cuya mera presencia es tan amenazadora que sin necesidad de abrir la boca o hacer un gesto provoca la inquietud a su alrededor-, mucho más directo en sus métodos que Parker, aunque practicante de una desconcertante moralidad que le lleva a convertirse en algo así como una mezcla de asesino a sueldo y portador de una justicia vengadora al servicio de quienes no pueden ejercerla por sí mismos. En todo caso, la pérdida de importancia de lo sobrenatural con respecto a otras novelas de la serie tiene interesantes efectos sobre el ritmo y la agilidad de la narración, que es una de las más directas, transparentes y vivaces de todas las novelas del escritor irlandés.</p>
<p>La narración fragmentaria del pasado de Louis, que alterna con el desarrollo de la trama en el presente, nos revela que se trata de un hombre rescatado de la violencia y el odio racial en el sur de los Estados Unidos (otra de las constantes temáticas en la narrativa de John Connolly) por su mentor Gabriel, un personaje enigmático, de <a title="Arcángel Gabriel en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Arc%C3%A1ngel_Gabriel">nombre</a> a todas luces simbólico, a quien conocemos ya anciano en la novela, pero todavía implacable y manipulador. Impresionado por las cualidades naturales que Louis, por entonces apenas un adolescente, demostró en su primer homicidio (el ejercicio de la venganza con una determinación, eficacia y sofisticación insólitas), Gabriel lo acoge bajo su protección y lo convierte en un “hombre de la guadaña”, es decir, un asesino a sueldo, un ejecutor de sus designios, que se adivinan en estrecha conexión con esferas más bien indeterminadas del poder económico y político.</p>
<p>No sabemos muy bien a quién ha servido Louis en su ejecutoria criminal, ni con qué objetivos, pero enseguida comprobamos que las familias de algunas de sus antiguas víctimas no le han perdonado sus acciones, e intentan cobrarse su venganza, en la que toma parte destacada un señalado integrante del reducísimo club de los hombres de la guadaña (no adelantaremos más datos para no estropear a los lectores las sorpresas que depara la trama). El anónimo retiro al que aspiraban Louis y Ángel, que por lo que sabemos de novelas anteriores siempre ha sido más bien una muy imperfecta intención que una realidad, se verá por tanto dramáticamente interrumpido no sólo por los recuerdos fantasmales del pasado violento del primero, en forma de sueños y pesadillas, sino por figuras de carne y hueso que amenazan a los dos personajes y a todos los que mantienen relaciones con ellos.</p>
<p>De esta conexión lateral con los protagonistas brotan dos de los personajes más interesantes de <em>Los hombres de la guadaña</em>, y me atrevería a decir que de toda la serie novelística de John Connolly, porque se caracterizan por un toque de normalidad cotidiana, casi costumbrista, que resulta refrescante en novelas tan llenas de psicópatas, individuos atormentados y tipos absolutamente alejados de lo que solemos considerar la vida de la gente común y corriente. Me refiero a Willie Bree, dueño de un taller mecánico en <a title="Condado de Queens en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Condado_de_Queens">Queens</a> y su ayudante y compañero fraternal Arno, que forman algo así como un contrapunto sentimental, irónico y a veces humorístico a la pareja de asesinos homosexuales. De una manera muy poco convencional, Bree y Arno han acabado haciéndose amigos de Ángel y Louis, y también de manera muy poco convencional el dueño del taller se verá envuelto en la tupida y compleja red de venganzas que se trama contra el hombre de la guadaña. El desarrollo de la historia de estos personajes secundarios ocupa una parte tan importante de la novela (y, a mi modo de ver, tan bien logrado), que uno hubiera esperado una resolución más satisfactoria del destino de ambos personajes.</p>
<p>No quiero precisar más para no caer en el vicio del <em><a title="Spoiler en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Spoiler">spoiler</a></em>, que es un pecado imperdonable en las reseñas de las novelas policíacas o criminales (<em>El hombre de la guadaña</em> tiene mucho más del segundo concepto que del primero, porque en ella hay poco de investigación detectivesca y sí mucho de violencia desatada), pero no deja de ser una lástima que Willie Bree salga tan mal parado, narrativamente hablando, de esta novela, mientras que otros personajes episódicos, viejos conocidos de esta serie, como los gemelos Tony and Paulie Fulcy y Jackie Garner, todos ellos con su humor cuartelario a cuestas (que a Connolly parece encantarle, dicho sea de paso) se vean mucho mejor librados. No tengo problemas en aceptar que una novela criminal no debe regirse por los valores de una égloga pastoril, y también estaría de acuerdo en reconocer que la forma en que resuelve Connolly la intervención de Bree en el desenlace no carece de grandeza y carácter épico, pero me da mucha rabia que un personaje tan interesante no haya disfrutado de mejor suerte.</p>
<p>Lo que no puede negarse –a no ser que se adopte una perspectiva estrictamente moralista, desde luego poco apropiada para la crítica literaria del género de la novela negra- es la fascinación que produce en el lector la estilización de la violencia practicada por el escritor irlandés. Un ejemplo es la primera acción en la que intervienen Ángel y Louis, donde brilla la habilidad y capacidad de organización de ambos personajes, dando a probar de su propia medicina a unos mafiosos rusos especializados en el tráfico de mujeres y de niños. Otro, la manera en que se resuelve, a modo de epílogo, el castigo del causante de todos sus pesares, de una forma muy refinada que aprovecha con gran eficacia uno de los escenarios más sofisticados de la novela. No estoy seguro de que fuera Hitchcock (¿o fue Borges?) quien lo dijo, pero si al principio de una historia aparece una cuerda, ha de ser para que el personaje se ahorque con ella. Nadie se ahorca en el epílogo de <em>Los hombres de la guadaña</em>, pero el principio compositivo que guía la resolución de la novela es el mismo.</p>
<p>Tampoco cabe discutir la soltura y habilidad que Connolly ha ido adquiriendo con los años en el manejo de sus historias criminales. Durante muchas páginas del libro resulta difícil no perderse entre los cabos aparentemente sueltos que maneja la trama –yo siempre tengo que volver atrás para comprobar ciertos detalles, pero éste es uno de los gozosos tormentos que todo aficionado a la narrativa policíaca aprende a sufrir-, pero lo cierto es que todos los sucesos aparentemente inconexos en el tiempo y el espacio se entrelazan con gran perfección y confluyen en una secuencia final –un largo episodio en el que se combinan los motivos de la caza del hombre, el duelo y la reunión de todos los personajes dispersos a lo largo de la historia- que es toda una apoteosis narrativa, con lección moral incluida. Qué más se puede pedir.</p>
<p class="notasbib">John Connolly, Los hombres de la guadaña, Barcelona, Tusquets Editores (Col. &#8220;Andanzas&#8221;, 689), 2009, 337 páginas.</p>
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