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Entradas en la categoría ‘Libros’

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Este blog está destinado a realizar pruebas y experimentos sobre el concepto de taxonomías personalizadas de WordPress. No debe considerarse, pues, como un blog de carácter educativo, ni siquiera como una colección de reseñas sobre libros. Quien esté interesado en conocer las críticas literarias y cinematográficas de su autor, Eduardo Larequi, puede leerlas en las secciones Libros y Cine de su blog, La Bitácora del Tigre.

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Los Reyes gramáticos

Los Reyes Magos de Oriente, que al fin y al cabo eran también, y ante todo, reyes sabios en muy fecundos saberes, se han portado espléndidamente este año, pues nos han dejado sobre los zapatos un regalo muy valioso, que a Pilar y a mí nos hace grandísima ilusión: la monumental Nueva gramática de la lengua española, en una encuadernación de un amarillo rabioso que es todo un emblema de su importancia y visibilidad.

Me apasiona esta obra, no sólo por su importancia científica e institucional, sino también por su aspecto físico, por el color, la textura y olor del papel (delicadísimo, por cierto, hay que utilizar los libros con mimo), la compacidad de sus dos volúmenes, su peso, su densa consistencia bibliográfica, su claridad tipográfica. Es un honor y un privilegio tenerla en casa, en los anaqueles de la biblioteca, ejerciendo sobre nosotros su “silenciosa gravitación”, como decía Borges, al lado de otras magnas obras gramaticales (por ejemplo, la no menos monumental Gramática descriptiva de la lengua española), de las figuritas del Roscón de Reyes que colecciono, de los recuerdos del verano, de los bibelots diversos que intercalamos entre los libros y nos recuerdan los pequeños placeres de la vida.

Los Reyes gramáticos

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Siestas lisérgicas con J.G. Ballard

Portada de la novelaRecuerdo que hace más o menos año y medio, coincidiendo con la exposición que el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona dedicó al novelista británico J.G. Ballard, me reproché a mí mismo la escasa atención que había prestado a este excelente escritor, uno de los más originales y creativos de entre los que se han dedicado al género de la ciencia ficción. Hasta aquel momento sólo había leído de Ballard la novela Crash, que no me gustó demasiado, la colección de relatos titulada Fiebre de guerra, que en cambio me pareció fascinante, y algunos artículos y ensayos desperdigados por diversas antologías y volúmenes misceláneos.

Me hice de nuevo un reproche parecido hace pocos meses, con ocasión de la muerte del novelista –aunque ya sé que esta declaración carece de efectos exculpatorios, por entonces vi de nuevo, y debía de ser la tercera o cuarta vez, la extraordinaria adaptación cinematográfica que Steven Spielberg realizó de su novela autobiográfica El imperio del sol-, pero debo admitir que mi arrepentimiento no se perfeccionó con un propósito de enmienda efectivo, y que durante bastantes meses seguí sin dedicar a Ballard la atención que merece.

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Libros de cine

Portada de la revistaAyer por la mañana, al ir a comprar el periódico en la tienda que tengo por costumbre –Leoz, en la Plaza del Castillo, toda una institución del comercio pamplonés- me encontré sobre el abigarrado mostrador una imagen de Audrey Hepburn, con aquel famosísimo vestido corto de Givenchy que lucía en Desayuno con diamantes. La fotografía ilustraba la portada de un extra de la revista Qué Leer, cuyo título es el mismo que encabeza esta entrada. Me faltó tiempo para comprar un ejemplar e ir hojeándolo de camino al trabajo, un vicio sin duda peligroso, pues aumenta el riesgo de impacto contra farolas y bolardos (no será la primera vez que mis espinillas lo constatan), aunque afortunadamente ayer pude practicarlo sin sufrir ningún percance.

El extra de Qué Leer no es precisamente una obra para especialistas, porque cada una de las cincuenta películas de las que se ocupa recibe un tratamiento muy breve de apenas dos páginas, pero tiene su encanto, porque los artículos son jugosos y el aparato gráfico muy seductor. El medio centenar de filmes tratados corresponden a adaptaciones cinematográficas de textos literarios, y aunque algunas muestras de la selección sean objetables, hay también muchos títulos indiscutibles, y varias de mis películas favoritas, cuyos directores, o los autores de los libros en que están basadas, han ocupado en una u otra ocasión el interés de Lengua en Secundaria o La Bitácora del Tigre. Entre otras, la ya citada de Blake Edwards, Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan, El Padrino y Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, El hombre que pudo reinar y Dublineses, de John Huston, El resplandor, de Stanley Kubrick, Blade Runner, de Ridley Scott, Los santos inocentes, de Mario Camus, Memorias de África, de Sydney Pollack, El nombre de la rosa, de Jean-Jacques Annaud, El silencio de los corderos, de Jonathan Demme, Lo que queda del día, de James Ivory o El señor de los anillos, de Peter Jackson.

Estoy seguro de que los aficionados a escudriñar las relaciones entre literatura y cine agradecerán este especial y considerarán los cuatro euros que vale como un gasto asumible, incluso en estos tiempos de crisis. Qué mejor entretenimiento para las tardes en que uno acaba harto de tuitear, bloguear y ce-eme-esear (o, como ayer, de esperar a que mi proveedor de alojamiento reactivara el servidor de base de datos, fuera de combate a causa de un “too many connections” que se ha prolongado más de doce horas), que recorrer las páginas dedicadas de la revista, evocar a sus actores y actrices, recordar sus imágenes, su música, y, si la memoria no flaquea, rememorar lo que uno sentía al leer las páginas de las novelas y cuentos en que están basadas. Sólo pido que, cuando hagan una reedición de este número extra, dentro de cinco o diez años, se acuerden de El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella.

La pregunta de sus ojos vs. El secreto de sus ojos

Portada del libroDurante mi reciente escapada sevillana terminé de leer la novela El secreto de sus ojos (éste es el título de la edición española de Alfaguara, porque el original de la edición argentina de 2005 era La pregunta de sus ojos), del escritor argentino Eduardo Sacheri. La cercanía entre la reseña que escribí acerca de la película de Juan José Campanella, y la lectura de la novela constituye una buena oportunidad para una breve reflexión sobre una de las constantes o reglas no escritas de la relación entre cine y literatura, la que afirma que de una gran novela no suele obtenerse una gran película, pero sí, y a menudo, de libros no especialmente memorables.

Con todos los respetos que a buen seguro merece la obra del novelista argentino (debo advertir que de ella sólo conozco el libro que acabo de citar, por lo que mis opiniones tienen una validez muy discutible), creo que ése es justamente el caso de la novela de Eduardo Sacheri, cuyo valor literario me parece más bien escaso, pero cuya adaptación cinematográfica –y hay que recordar que el guión es obra conjunta del novelista y del director del largometraje, Juan José Campanella- tiene un mérito indiscutible. Reconozco que en esta valoración puede haber influido el hecho de que hubiera visto la película antes de leer la novela, pues la configuración imaginativa que todo receptor se construye para sí mismo a partir de un texto de ficción –y en ello poco importa que sea literario o cinematográfico- está especialmente determinada por la forma inicial en que dicho texto se presenta.

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El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

Portada de la novelaLas primeras noticias sobre El nombre del viento, del escritor norteamericano Patrick Rotfhuss, me llegaron por algún periódico o revista que no consigo recordar con precisión. No les hice mucho caso, pero tras leer la reseña de Justo Navarro, no pude seguir permaneciendo indiferente a los muchos encantos que esta novela prometía. De hecho, la crítica de Navarro debió de ponerme los dientes muy largos, porque se publicó en El País el 1 de agosto, y el día 4 ya tenía el libro sobre la mesa de lectura, abriéndose paso a codazos para coger buen sitio en la cola de lecturas pendientes. No la comencé inmediatamente, ya que tenía varias obras pendientes de terminar, pero en cuanto tuve ocasión me lancé sobre la novela con ansias devoradoras.

Supongo que mis expectativas no sólo se debían a mi inveterada afición por las novelas de fantasía, sino también a los elogios del reseñista y los ditirambos de la promoción editorial. Sin ir más lejos, las solapas del libro mencionan a varios escritores que en diversos momentos de mi vida he leído con sumo placer: Ursula K. Le Guin, varias de cuyas novelas, comenzando por La mano izquierda de la oscuridad, me apasionaron; J.R.R. Tolkien, de quien me declaro devoto tras varias lecturas de El señor de los anillos; y George R.R. Martin, cuya descomunal serie novelística, Canción de hielo y fuego, ha sido tema de varias sabrosas conversaciones blogosféricas (aquí hay una, y aquí otra) entre el amigo Toni Solano y un servidor.

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601 entradas, y casi 100 de libros

Portada de la novelaTan popular como las novelas de zombis, pero seguramente unos cuantos peldaños por encima en su consideración cultural por parte del establishment literario (la comparación me permite enlazar con el final de la reseña múltiple que publiqué ayer, en la que trataba, entre otros, del libro de Max Brooks, Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi), es el género policíaco, que he cultivado durante las vacaciones en dos entregas consecutivas y en algún momento simultáneas: Los demonios de Berlín, del novelista español Ignacio del Valle, y Huye rápido, vete lejos, de la escritora francesa Fred Vargas. De la obra de Del Valle tuve conocimiento, como tantas otras veces, a partir de una reseña de Jacinto Antón, tan apasionada como la mayoría de las suyas y rotundamente elogiosa.

Mi valoración de la novela de Ignacio del Valle no es tan favorable como la del articulista de El País. Reconozco que el novelista ovetense escribe con fuerza, intensidad y convicción, y que su relato se lee sin desmayo, pero la trama se me antoja no sólo históricamente improbable –pues a su protagonista, un teniente español llamado Arturo Andrade Malvido, ex combatiente de la División Azul y luego enrolado en las últimas unidades de las Waffen SS empeñadas en la defensa de las ruinas de Berlín, se le asigna contra toda lógica la investigación del asesinato de un científico relacionado con el desarrollo del proyecto de la bomba atómica alemana– sino además con un incómodo regusto a cosa ya leída o vista en muchos libros y películas. En su comentario, Jacinto Antón cita, como no podía ser de otra manera, El hundimiento (y entre el libro de Del Valle y la película de Olivier Hirschbiegel hay escenas casi idénticas, como algunas de las que transcurren en el búnker de la cancillería del Reich, y especialmente las que tienen que ver con el fanatismo de Magda Goebbels), pero a mí también se me venían a la memoria pasajes, tipos o entonaciones de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, Patria, de Robert Harris (otra novela que también reseñé brevemente en este blog), o incluso la versión cinematográfica de El buen alemán.

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600 entradas y casi 100 de libros

Como señala el título, ésta es la entrada número 600 del blog y la que hace el número 97 de entre las que he dedicado a una de mis aficiones más constantes, los libros y la literatura. Tal vez no lo parezca, si se atiende a mi producción habitual en los últimos tiempos, pero la de libros es la categoría que considero más representativa del auténtico espíritu de esta bitácora. Si no la pongo en práctica más regularmente es porque, como ya he señalado en más de una ocasión, cada vez me cuesta más tiempo y esfuerzo encontrar el estado de ánimo y la concentración adecuados. Soy, además, víctima de malos hábitos lectores, pues suelo leer varios libros a la vez, y raras veces tomo las notas imprescindibles para acometer la reseñas de los libros más largos o de más fuste, que requieren ideas bien asentadas y hasta cierto soporte documental.

Aprovecho el párrafo precedente, que no es más que una versión un tanto pedestre de la clásica captatio benevolentiae, para pedir de mis lectores una dosis de comprensión adicional. Habida cuenta de que estamos en verano, de que el calor y la galbana aprietan, les ruego que me permitan celebrar el sexcentésimo artículo del blog, y el nonagésimo séptimo de la categoría de libros, con un texto poco habitual, una suerte de reseña múltiple de los que he leído durante la temporada estival. Como el texto resultante ha resultado más largo de lo previsto, lo dividiré en dos artículos: éste y el que publicaré mañana, si mis planes no se tuercen.

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La sima, de José María Merino

Portada de la novelaLeyendo La sima, la última novela de José María Merino, me he visto en varias ocasiones dominado por una sensación de incomodidad de la que sólo he conseguido librarme casi al final del libro, cuyo desenlace, tan emotivo como esperanzador, se cuenta entre los mejores de toda la obra del escritor leonés. No era una sensación de extrañeza, pues los perfiles del mundo narrativo de Merino -la búsqueda de la identidad a través de la memoria, el regreso a los escenarios y las experiencias de la infancia, el lirismo en la descripción de los paisajes asociados a la memoria personal, la tendencia del personaje protagonista a la disolución y el anonadamiento en un tiempo no humano, que en otras novelas era el tiempo del sueño y en ésta el tiempo geológico de las rocas, brañas y espesuras de la montaña leonesa- son en La sima perfectamente reconocibles para cualquier lector que haya seguido la trayectoria narrativa del escritor.

No puedo aducir que me haya visto sorprendido, ni mucho menos defraudado, por la particular estructura narrativa de esta novela, con un narrador-protagonista que dirige su testimonio a tres narratarios diferentes y un contraste evidente entre el breve tiempo interno en que se despliega el relato y el larguísimo lapso del tiempo evocado, que tiene su centro de interés en la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil, pero que de hecho considera también episodios mucho más antiguos, como la Reconquista, la expulsión de los judíos, las guerras civiles entre pizarristas y almagristas en el Perú colonial y hasta los homínidos de Atapuerca. Finalmente, tampoco me he sentido decepcionado por la elaboración literaria del discurso narrativo, incluso a pesar de ciertos momentos en los que el discurrir de la historia se ve entorpecio por cierto prosaísmo o sequedad que no condice con el lirismo y la emoción tan característicos de gran parte de la narrativa meriniana.

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La séptima novela criminal de John Connolly

Portada de Los hombres de la guadaña El novelista irlandés John Connolly es un viejo conocido de esta bitácora. Desde que me encontré con sus obras por primera vez, sobre las estanterías de una librería de aeropuerto, en junio de 2006, no ha habido primavera o verano –la excepción fue el año pasado, cuando comencé a notar los síntomas de una extraña dolencia de sequedad reseñista, de la que parece que me voy reponiendo- en que no haya dedicado una entrada a su serie de novelas policíacas o criminales, hasta la fecha formada por Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco, El ángel negro, Los atormentados, y la que acaba de publicar Tusquets en su colección “Andanzas”, Los hombres de la guadaña.

Lo más destacable para los aficionados a la serie de novelas protagonizadas por el ex detective privado Charlie Parker (aquí desposeído de su licencia y de su permiso de armas, y obligado a ganarse la vida como camarero en un bar de Portland) es que el autor ha cedido el protagonismo de la historia a Louis y Ángel, amigos, ayudantes de Parker y, seguramente, una de las parejas homosexuales más inquietantes y peligrosas de la historia de la literatura. Desde el punto de vista del argumento, pues, se podría decir que Los hombres de la guadaña constituye el reverso de la mayor parte de las novelas de la serie, puesto que en ella no son Louis y Ángel los que intervienen para ayudar a Parker, sino justo al revés; de hecho, el detective apenas aparece en la trama, salvo por alguna mención episódica y sólo hace acto de presencia en el último tramo –como suele ser habitual en sus novelas, una verdadera traca final de acciones hiperviolentas, contada con enorme brío- para ayudar a sus amigos en lo que parece una encerrona sin posible escape.

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